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jueves, 12 de abril de 2012

EL CULTO A LA PERSONALIDAD





EL CULTO A LA PERSONALIDAD 



Como pudimos apreciar, en el capítulo sobre la ilusión de la separatividad, la mente humana condicionada culturalmente cree que el hombre es un individuo, una persona considerada aisladamente con relación a una colectividad. Esta concepción alimenta la tendencia a pensar u obrar independientemente, sin tener en cuenta a los demás, o ceñirse a normas generales, cultivando un afecto excesivo para consigo mismo, denominado egoísmo.
En su ignorancia, el hombre se considera completamente separado de las demás criaturas, incluso de Dios, actuando como tal y mostrando con sus actitudes un completo desconocimiento acerca de la unidad de toda vida. Esto le hace creerse superior a los demás seres, o desear ser superior a ellos, generando una serie de conductas que en nada benefician al colectivo, extraviándose en ilusorios caminos, a través de los cuales pierde su identidad divina, sumergiéndose en un mundo falso, en el cual se identifica con su cuerpo, con sus emociones o con sus pensamientos, es decir, con su personalidad; desarrolla hábitos, hechizos, vanidades, ilusiones, privándose casi por completo de la luz interna de su realidad, llamada de otra forma Habitante Interior. Bajo estas circunstancias, rinde un completo culto a la personalidad, y sólo busca larealización y felicidad a través de una supervivencia avasallante, del placer sin fronteras, del dominio mediante un malversado poder, o del control ideológico, creyéndose alguien especial, hablando siempre de sí mismo, o de lo que cree que le pertenece como lo mejor. Todo esto, indudablemente, conduce al separatismo y se convierte en una epidemia psicológica que afecta a toda la humanidad, y se transmite de generación en generación, mediante la cultura familiar, regional, nacional y mundial. Cada hombre dominado por esta tendencia individualista, se presume el Rey de la Creación, con todo el derecho de pisotear a los demás y de exigir lo mejor y lo primero, renegando de la vida cada vez que el inclemente destino se opone a sus caprichos.

En este maravilloso proceso de la vida, el plan original determina que el Habitante Interior mantenga siempre el comando de las operaciones. Esto implica que la consciencia actúe en forma permanente, sin que el automatismo dado, por la brecha creada en la mente al retirar la atención de una parte de ella,a la que llamamos el subconsciente, sea dominante. Sin embargo, el proceso de condicionamiento, esa implacable domesticación a la que es sometido el hombre desde su nacimiento, permite que el mecanismo automático haga al ser humano fundamentalmente reactivo. La consciencia real, ese ojo interno del Habitante Interior, se ve opacada por la multiplicidad de programas que son instalados mediante la culturización. Llega un momento en la vida del individuo en el que ha perdido su objetividad, debido a que cualquier observación está viciada por algún programa de información. Se presenta entonces una confusión, un enmarañamiento de la consciencia. La mente suele tomar el comando de las operaciones, junto con las emociones, construyendo una especie de piloto interior al cual la consciencia se somete. Entonces, éste último se encarga de dar las órdenes. Ese comandante de vuelo es llamado el ego. Cuando éste se instala, el ser humano cae en la trampa de creer ser lo que no es, es decir se autoidentifica con el ego, con la estructura, con el equipo de energías y sus programas, y pierde su identidad real como Habitante Interior. El hombre piloteado por el ego cree que es su cuerpo, o sus emociones o su mente. Y una estructura sin control va a donde quiere guiada por su información. Todo lo que hace es recrear y multiplicar sus órdenes y programas, tratando de ejecutarlos a como dé lugar.
A veces, el individuo, olvidándose de sí como Habitante Interior, cree que es el cuerpo físico y que toda la vida se resume a una experiencia biológica, donde el cerebro genera los programas de vida, la energía, los pensamientos y las emociones. Entonces, lo más importante para él es sobrevivir, no importa cómo. Sus intereses están en la obtención de alimento, en la perpetuación de la especie y en la defensa de la vida. La existencia de este individuo da la mayor importancia a lo instintivo. Se siente orgulloso de su cuerpo, de su figura, de su fuerza, de su sexualidad, de su apetito.
Otras veces, el individuo se identifica con sus emociones. Entonces el mundo emotivo y sensitivo cobra la mayor importancia; la obtención del goce emocional se hace importante. La satisfacción de los deseos se convierte en objetivo de vida, y éstos se aumentan en gran medida. Los sentimientos se intensifican, las pasiones se desbordan; se siente orgulloso de sus desvaríos emotivos, de su temperamento, de su altivez, de su lujuria, de sus conquistas afectivas, de su sensibilidad, de sus apegos.
En ocasiones, la identificación es con la mente. La obtención de información,la acumulación de conocimientos, el leer muchos libros, el estudiar asiduamente,el ser culto, el seguir fielmente una creencia, son la meta de vida. El raciocinio, la intelectualidad, es su centro de comando. Se siente orgulloso de sus títulos, de sus alcances intelectuales, de sus ilusiones, de sus creencias. Generalmente es un fanático de algún paradigma convencional.
Muchos de los habitantes de este planeta son comandados por poderosos egos, los cuales varían en cuanto a su punto de enfoque; pero, a medida que la vida avanza, el enfoque se traslada y el hombre termina creyendo que él es su cuerpo, energía, emociones y mente, rindiendo un gran culto a su personalidad. Además, se rinde veneración a la personalidad de los demás. La influencia del ego se convierte en una verdadera epidemia que engloba al género humano. Laexaltación de la familia, el nacionalismo y el racismo son una muestra clara de ello.
La actividad del ego se denomina egoísmo y una persona dominada por su ego es un egoísta, uno que rinde culto a su ego. Esta clase de sujetos, bastante comunes en nuestro planeta, son esclavos de sus programaciones. Todas sus acciones son movidas por un interés exclusivamente personal, lo cual los lleva a ser marcadamente separatistas, defendiendo sus puntos de vista con gran fervor, sin siquiera contemplar los de los demás.
El ególatra siempre está exigiendo, tratando de imponer su voluntad, deseando figuración, desafiando, buscando posiciones para gobernar y aprovecharse de los demás. El lo desea todo para sí mismo; no le interesa compartir, pues sus motivaciones están dirigidas por el interés personal. El egoísta es un controlador que siempre está demarcando su territorio físico, emocional y mental, interesado en sus deseos, placeres, conquistas y ganancias, manipulándolo todo, a expensas de los demás, para demostrar su pretendida superioridad. Es muy prepotente, y por lo general quiere ser el que da las órdenes, aunque no tenga autoridad ni rango para hacerlo. Esto lo hace estar ansioso de descubrir un modo de controlar a los demás, para que todo se haga según como él cree que deben hacerse las cosas, pues el se considera el mejor en todo.
El egoísta siempre está llamando la atención sobre sí, y buscará para ello algo en lo cual sobresalir, no con la intención de crecer, sino de ser admirado. Probablemente se hará codicioso y materialista, buscando alcanzar poder a través del dinero. Quizá desarrollará un carácter antipático, pleno de emociones desbordadas, a fin de reclamar atención o para infundir temor. Tal vez deseará encontrar un conjunto de ideas o un grupo, que le hagan presumir ser el poseedor de la verdad, el que todo lo conoce y lo explica, y muy seguramente se convertirá en un fanático de aquello en lo que cree, tratando de convertir a todo el mundo y menospreciando a los que no reverencian su doctrina. Indudablemente se hará muy susceptible y se sentirá herido cada vez que alguien no ceda a sus órdenes, sus deseos o sus teorías. También se hará orgulloso, y se pavoneará enseñando sus triunfos, sus títulos y honores, alegrándose por los fracasos de los demás, encontrando placentero el descubrir los errores de otros para sentirse superior. Esto lo convertirá en un crítico mordaz y destructivo, y en un intolerante incorregible, que todo lo ve a través de su propio colorido, malinterpretando siempre lo de los demás para acomodarlo a su propia versión. Estará tan ocupado en querer mostrarse y sobresalir, que no tendrá tiempo de construir algo realmente digno de ser enseñado, y atacará con vehemencia y envidia a todo aquel que muestre algo valedero, utilizando seguramente el chisme, la calumnia, la mentira, la mala intención, la murmuración y la traición. No conoce lo que es el perdón. Su personalidad es imponente y vive de la adulación, la cual exige, pues de ella se alimenta, para reforzar su falsa seguridad. Se cree absolutamente indispensable en cualquier actividad en la que esté involucrado, y cree que los demás son incapaces de hacer algo valioso sin él.
Y cuando no pueda destruir a su enemigo, se unirá a él para adornarse con sus virtudes y vivir de la satisfacción de logros ajenos, buscando la simulación, con el objeto de destronar silenciosamente a su adversario, pero perdiéndose en pos de falsos valores, y convirtiéndose en alguien diferente de sí mismo, con una máscara tras de la cual es fácilmente visto, pues una falsa virtud se ve como un lunar en una personalidad no cultivada. También se hará admirador de ídolos distantes, de estrellas humanas, especialmente de las que cree que le pertenecen o de las que se asocian con él, con su familia o con su nación, para vivir de glorias ajenas y rellenar su vacía personalidad. Caerá entonces en el mundo del fanatismo nacionalista, que por tantos siglos ha impedido la fraternidad entre los pueblos.

En el sendero de la liberación de todo sufrimiento, es pertinente seguir el rastro del ego, haciendo un esfuerzo grande para tirar el velo que ha opacado la consciencia. El ego constituye una máscara que impide ver la realidad, desde la perspectiva del Habitante Interior, y es uno de los mayores acumuladores de emociones y pensamientos en el cofre de la intimidad, de lo cual podemos inferir que es el principal causante de enfermedad, y uno de los más grandes obstáculos para un crecimiento real. El egoísmo es una gigantesca barrera en las relaciones humanas armónicas, y un alimento permanente para el separatismo, que genera las guerras y conflictos externos e internos.

El egoísmo se convierte en una fuente poderosa que alimenta las emociones negativas. Cual caja de Pandora contiene en sí mismo todos los males del mundo, y guarda las raíces más profundas de la soberbia, la lujuria, la envidia, la pereza, la gula, la avaricia y la ira, en todas sus múltiples facetas, justificándolas por el afecto excesivo a sí mismo. Constituye un oscuro velo que obnubila la visión de la Chispa Divina, haciéndole perder el sentido total de la realidad.

El individualismo fue un paso necesario, herencia del proceso evolutivo. Sus orígenes se remontan al tiempo de la inmersión del Espíritu en la materia, con el objeto de lograr el dominio consciente de los niveles vibratorios más densos del Sistema Solar. Fue propiciado por el tercer aspecto de la Divinidad, el de la creación, con el objeto de que cada chispa lograra la identificación de su poder divino, actuando en lo humano, hasta el punto en el que el segundo aspecto Divino, el Amor, despierte la consciencia de la unidad de la vida.

Esta manifestación egoísta debería ser ya parte del pasado, desde el advenimiento de los Grandes Mensajeros del Amor, sublimes Avatares que han sido los Divinos exponentes de la Sabiduría sempiterna, que nos señaló que ya el tiempo estaba maduro para el despertar del principio de Amor-Sabiduría, latente en cada semilla humana. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos, embriagados en las obnubilantes sensaciones del placer, se han quedado en la hipnótica y obcecada contemplación de sí mismos, rindiendo culto a la temporal personalidad, en lugar de hacerlo a la Divina Esencia, en la cual todas las Chispas Divinas están unidas.

Los caminantes conscientes del sendero de realización entablan con frecuencia duras batallas contra sus personalidades egoístas, sin ver resultados fructíferos a través de los años, aún a pesar de alimentar sus mentes con profundos conocimientos filosóficos, y logrando tan sólo la represión de sus instintos, hábitos, emociones y pensamientos egoístas, incluso por largas edades y encarnaciones, y construyendo, en un equivocado trabajo, poderosas bombas de tiempo que tarde o temprano desencadenan procesos de enfermedad, explosiones de emociones desbordadas, y expresiones de locura que a veces parecen no tener explicación, para las mentes que desconocen la Ley de Causa y Efecto, debido a la salvaguarda de la memoria entre las encarnaciones. La represión de una fuerza jamás conducirá a su control. Sólo la comprensión divina, esa mezcla extraordinaria de Luz y Amor que conduce a la Sabiduría, puede lograr la expansión de consciencia necesaria para dominar al egoísmo. Es a la vez sencillo y complejo como ocurre en toda las paradojas universales, testigos de la Ley de Polaridad. Basta con comprender que la separatividad de las criaturas en tan sólo una ilusión, pues la Vida Una es indivisible. Cada ser es sólo una expresión de la Divinidad, manifestándose en múltiples facetas, para dar lugar al juego de la creación, en el cual Dios utiliza como única materia prima, la Sustancia Raíz Universal, la cual no es otra cosa que el polo negativo de sí mismo. El Universo manifestado es una creación de la Mente Divina, un sueño hecho temporalmente realidad y en el que Dios se recrea en su Eterna Existencia, hasta la siguiente noche cósmica, donde un nuevo sueño surgirá. Así como la luz puede refractarse en un espectro de siete colores, cada uno de los cuales puede extenderse en gamas infinitas, que se confunden con sus vecinas, así el Eterno se manifiesta en diversas e iridiscentes facetas representadas en las criaturas de la existencia. Cada hombre no es más que una forma distinta de Dios desplegándose a sí mismo, pero sin perder su unidad y su universalidad más que en la ilusoria apariencia de la mente humana.
El egoísta muestra, sin lugar a dudas, que en él no ha despertado el aspecto de Amor-Sabiduría que yace profundamente dormido en su corazón. En él no ha nacido el Cristo Interno, el Budha Iluminado, único jinete que doblegará a los corceles impetuosos de la personalidad, para hacerlos ir en la dirección correcta, transportando el carro del Alma en el infinito viaje de la Divina Chispa, la manifestación de Dios. El egoísmo es tan poderoso que se expande en todos los vehículos humanos, haciendo que el Yo Real se haga invidente, y dejando el dominio a la personalidad, la cual, aún en su ciego trono, puede llegar a perder el control de sí misma. Si los tentáculos del egoísmo atrapan al cuerpo físico, éste enferma, pues hay una rebelión donde algunas células no preparadas tratan de tomar el control, trastornándose la fisiología, debido a la alteración del programa de correcto funcionamiento. En el momento en que las emociones se ven inundadas por el egoísmo, todas las bajas pasiones se potencian y controlan a la mente, buscando ser justificadas plenamente, mediante astutas artimañas de la personalidad descontrolada, que sólo ansía satisfacerse a sí misma. Cuando la mente es invadida por el egoísmo, se desencadena el cristalizante fanatismo. Se hace cerrada, falta de luz, esclava de las emociones, se obnubila por las ilusiones, y busca, aún dentro de las creencias más elevadas, su propia satisfacción, maquinando maquiavélicos procesos, que finalmente sólo llevan a la satisfacción por el placer desmedido, disfrazándose con hábitos de santidad o de pureza.
                 
El egoísmo es un dragón de siete cabezas que debe ser derrotado por la espada de Luz del guerrero espiritual, a fin de lograr la reconquista del templo de la personalidad, para que nuevamente lo ocupe el Habitante Interior, transmutando su esencia en Alma, logrando una alquimia verdadera, pues todo lo que construya el egoísmo está destinado a perecer.

¿Cómo podremos matar al dragón? En realidad no hay que matarlo sino transformarlo. Primero hay que reconocerlo, observarlo y descubrir sus estrategias de auto-protección. La auto-observación es la primera clave. Una observación atenta y persistente de tus actos, sensaciones y pensamientos es necesaria para detectar el comando del ego. Así se puede descubrir si tus movimientos corresponden a una búsqueda real o a un simple juego de intereses. Las motivaciones nos dan una idea clara de quién es el que tiene el control de la personalidad, y de si nos estamos identificando con ella. Cuando analizamos nuestros motivos, hay dos que analizan: el Yo Real que trata de imponerse y la astuta mente, viciada por el condicionamiento y el egoísmo, que trata de justificarse y hacerse pasar por el Espíritu. Si descubres el más leve rastro del ego, es necesario tumbar el pedestal de la soberbia, aprendiendo a ser humildes, aunque si irse al polo opuesto, es decir sin menospreciarse; el principio de igualdad de todos los seres puede evocarse para hallar el punto de equilibrio. Es útil, para ello, ser sincero, reconocer tus faltas, y evitar buscarlasen los demás, cultivar el sentido de la unidad de toda vida, perdonar si te sientes ofendido y no inflarte si te loan, hallando la causa real de tu susceptibilidad, hasta que aprendas el arte de la neutralidad frente a ofensas y alabanzas, ser tolerante, desarrollar la gratitud, cultivar el desapego y aprender a ver lo bueno que hay en todos y en todas las cosas.

La aceptación es el segundo paso y nos conduce a incrementar la alerta y a descubrir las estrategias de la personalidad. Debemos hacer un inventario personal completo de todas nuestras facetas egoístas, ya que estos son los puntos donde radica la fuerza del dragón.
El tercer escaño consiste en ejercitar la voluntad, para que pueda surgir de ella una verdadera sed de cambio, que nos permita ver la ruta correcta. Sólo cambiamos cuando en realidad y con gran intensidad interior lo deseamos.Unicamente nos modificamos si verdaderamente lo queremos. Nada ni nadie externo logrará transformar a alguien. A la personalidad solamente le interesan los caminos que la satisfagan, y tiene sus propios mecanismos de defensa, para evitar ser convencida de lo mejor, cuando está atrapada por el egoísmo. Siempre vale la pena, en este paso, considerar si cada nuevo cambio no será una astuta treta del egoísmo para conducirnos a otro sendero de auto-satisfacción. Cuando llegamos a este tercer nivel, ansiamos a la real libertad, aquella que tan sólo se encuentra a través de la verdad, y no en la forma cristalizada de los dogmas.

 La voluntad educada nos conduce a la cuarta clave que es la de la acción recta. El caminante consciente deberá considerar aquí cada paso que da, con el objeto de que beneficie únicamente al Todo. Examinará claramente la motivación de cada pensamiento que le conduzca a la actividad. La acción recta restará poder al egoísmo solamente si está basada en la verdad, en la universalidad y en la divinidad.

El que obra con rectitud accederá al quinto escalón, hasta el altar de su corazón, donde verá resurgir el amor verdadero, que despierta de un largo y profundo sueño.

Una ventana se abrirá en el corazón del caminante y por ella entrará la fuerza del segundo aspecto divino, que lo impulsará de inmediato al servicio desinteresado, el sexto escalón. Allí descubrirá el secreto de compartir, sin esperar nada a cambio, ni siquiera la gratitud, ni el reconocimiento. Encontrará que asistiendo a otros se sirve a la Unidad de la Vida.

Finalmente, después de este largo sendero, llegará al séptimo escaño: la consciencia permanente de la Divinidad en él y en todas las cosas. Ya no deseará pensar de otra manera, y todas las cosas serán vistas como si fueran parte de sí mismo, viviendo en el concepto de la eterna unidad de Dios, y convirtiéndose en un Iniciado, un ser cuya mente está controlada por el Yo Real, y en equilibrio con su corazón, a través del cual fluye la Divina Sabiduría, mediante la facultad intuitiva, no cediendo a los impulsos del deseo, los cuales serán momentáneos y cada vez menos frecuentes.
Es necesario mantenerse alerta porque en este proceso el ego presentará una fuerte resistencia a ser desplazado, y recurrirá a la manía de tu mente de justificarse a través de rebuscados raciocinios y parcializados puntos de vista. No es deseable, en este sendero de realización, el dejarte abatir por el sufrimiento, pero tampoco elevarte en el vacío globo del egoísmo.

La vanidad es corona y estandarte del ego. Si tienes algunos de sus rasgos puedes ir tras la pista del villano. Cuando crees haber alcanzado logros materiales y espirituales que en realidad no has conquistado, si confias en saber cosas que en realidad no sabes, si te sientes capaz de hacer algo para lo cual en realidad no estás capacitado, cuando crees tener cosas que en realidad no has adquirido, si constantemente te alabas y buscas reconocimiento y aceptación, estás en terreno del ego.

Para recuperar tu territorio es útil un sincero cuestionamiento, a fin dedeterminar con absoluta claridad, a la luz de la verdad, qué es lo que crees que eres y cuál es la altura material y espiritual que has alcanzado, y si es eso lo que proyectas a los demás o estás exagerando. También debes esclarecer qué es realmente lo que sabes. No los títulos que tienes, ni tu recorrido por las aulas del saber, o los libros que te has leído, sino cuánto es de tu real dominio. Igualmente, has de hacer un balance de las cosas que pretendes realizar, de los dominios que deseas conquistar, para saber si efectivamente estás capacitado para esas labores, o tan sólo estás presumiendo. De la misma manera identifica exactamente lo que tienes, lo que en realidad te pertenece. Para esto puedes ayudarte pensando que todas las cosas de las que te crees dueño, todas tus riquezas materiales, intelectuales y espirituales, son una propiedad tuya sólo en la medida en que tu consciencia de la vida es separatista. Pero en cuanto evoques el principio de unidad de toda vida, de universalidad, te darás cuenta de que todo pertenece a todos, ya que la propiedad es únicamente un invento del hombre atrapado por la ilusión de la individualidad, y de que cuando presumes de lo que crees tener solamente te estás luciendo con galas ajenas.

En el camino hacia la libertad es necesario destruir al dragón del ego, pues una naturaleza egoísta esclaviza al Habitante Interior, enmascarando su identidad real, haciéndolo parecerse a un actor que se quedó en el escenario representado una obra teatral, completamente olvidado del artista que lleva adentro.

Progresivamente, mediante este trabajo interior exhaustivo, toda la fuerza del dragón del egoísmo será dirigida a nuevos cauces para alimentar la naturaleza superior del hombre, es decir, a su Yo Real. Un gran egoísta puede transformarse, mediante esta alquimia, en un caminante consciente, en un trabajador voluntario, conocedor del Plan Divino. Todo es cuestión de redireccionar la poderosa energía convocada y acumulada por el ser, durante edades de trabajo inconsciente.

Es importante recalcar que el trabajo de transmutación de las fuerzas egoístas en energías constructivas lleva necesariamente a una desidentificación con la personalidad: mente, emociones, fuerzas vitales y cuerpo denso, lo cual implica necesariamente desapego de instintos, hábitos, impulsos emocionales y condicionamiento mental. El trabajo no puede tomarse a la ligera. Debemos recordar que el conocimiento no es suficiente; sólo es una ayuda. No nos transformamos por creer en algo, así que la tarea es grande. Esto no nos debe desanimar, sino servirnos de parámetro para saber cuanta fuerza espiritual vamos a emplear en ello. La transformación real, hacia una vida consecuente con la Verdad y las Leyes Universales, no depende del tiempo sino de la intensidad con que se trabaje, y ésta depende de cuan decididos estemos para la faena. Nuestro progreso será lento si hacemos las cosas tenuemente y les damos largas, lo cual significa que en realidad no nos hemos decidido a observarnos, aceptarnos y luego transformarnos, porque estamos muy complacidos en nuestros viejos hábitos. También lo será si nuestra actitud es demasiado severa, rígida, dogmática. Esto sólo nos bloquea la mente, ya que la Vida Universal es energía fluyente, movimiento perpetuo. Todo encasillamiento es cristalizante, nos limita en el tiempo y termina por convertirnos en estatuas de sal que se desmoronan con el viento.

Para progresar rápidamente hay que aprender a decidir y ser decisivos. Un río va cambiando constantemente de dirección para adaptarse al relieve, movido por la invisible energía de la gravedad que lo lleva rumbo al mar. Su fluir nunca se detiene. Así debe el hombre adaptarse constantemente a las distintas circunstancias de la vida, mediante frecuentes decisiones, guiado por la invisible energía intuitiva que proviene de su Yo Real, el Dios interno, la Inteligencia Universal que lo lleva hacia el océano infinito de la Verdad, hacia amplios niveles de consciencia, donde puede observar la acción de la Vida Una, cara a cara. Estancarse es perecer. Fluir es crecer, madurar, evolucionar!

José Vicente Ortiz (A. Karim)(Tomado del libro “La Aventura Interior”)


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LA RECAPITULACION EN LA VIDA DIARIA



LA RECAPITULACION EN LA VIDA DIARIApor José Vicente Ortiz, de Colombia

El proceso de recapitulación hace parte de la Ley de Evolución, la cual
cubre a todas las oleadas de vida de nuestro esquema. Este mecanismo consiste en desarrollar, en forma resumida, breve y ordenada, un trabajo evolutivo  realizado anteriormente en mayor extensión. El ser humano ha experimentado muchas recapitulaciones de diversa índole durante su camino evolutivo, y aún en el presente sigue resumiendo los distintos pasos del esquema. De acuerdo con esto, la vida de un individuo está sujeta a las leyes cósmicas, incluido este proceso de repaso abreviado. Cada etapa de la vida humana se convierte, desde  punto de vista, en un pequeño periodo de recapitulación de alguna vivencia desarrollada durante millones de años de evolución. Si se conoce el proceso que se vivió, se tendrá el conocimiento necesario para vivir una vida más acorde con la Ley del Ritmo que es la que determina cuando repasamos y cuando comenzamos una nueva etapa. Esto nos permitirá desarrollar nuestra vida inteligentemente y tener una idea de lo que debemos hacer en cada época de nuestra existencia.
Recordemos que nuestro Esquema evolutivo está dividido en siete grandes
Periodos Mundiales de Creación (Saturno, Solar, Lunar, terrestre, Júpiter, Venus
y Vulcano), los cuales a su vez se subdividen en siete revoluciones cósmicas.
Cada revolución o ronda se desarrolla en siete globos (A, B, C , D , E, F, Y G), y
en cada uno de éstos la obra evolutiva comprende siete épocas (Polar,
Hiperbórica, Lemúrica, Atlante, Aria, Nueva Galilea, Epoca de Oro). Cada
época, en el presente estado de evolución, se subdivide en siete razas (Aria,
Babilonia-asirio-caldea, Persa Greco Latina, Céltica, Teutónica Anglosajona,
Eslava y séptima raza) y estas en subrazas. Durante cada subdivisión septenaria se lleva a cabo una recapitulación cada vez más breve y precisa, durante la cual se realizan algunas mejoras, dando lugar a la Epigénesis o genio creador, que nos permite inventar las nuevas adaptaciones, de acuerdo con las necesidades presentes. Así por ejemplo, la tercera subraza recapitula el trabajo realizado por la tercera raza, la tercera época (Lemúrica), el tercer globo, la tercera revolución cósmica y el tercer Periodo Mundial de Creación (Lunar). Por eso se dice que en el proceso de la creación existen espirales dentro de espirales de la gran espiral del Plan Evolutivo.
Una vida humana recapitula, indudablemente, todo el esquema cósmico, y
de hecho cada etapa de siete años representa una de las múltiples divisiones y
subdivisiones septenarias del esquema. Así mismo cada uno de los siete
vehículos de expresión se corresponde con una de esas siete etapas de
desarrollo, de acuerdo con el periodo o revolución en el cual fue dado o
despertado el germen respectivo. Veamos a continuación las siete principales
etapas de la vida humana, su relación con el esquema y algunos aspectos a
recordar y considerar.
Primera etapa. Desde el nacimiento hasta los siete años cumplidos.
Primera Infancia.
Durante este época recapitulamos el trabajo realizado en el Periodo de
Saturno. En aquella lejana época de nuestro pasado evolutivo estabamos bajo la
custodia de las Jerarquías Superiores y en especial de los Señores de la Llama
quienes en la primera revolución cósmica nos dieron el germen del Cuerpo
Denso y en la séptima despertaron nuestro Espíritu Divino. Teníamos una
conciencia similar a la del trance profundo y éramos totalmente dependientes.
En forma similar, durante este ciclo el niño es totalmente dependiente de sus
padres de los cuales ha recibido el material para su cuerpo Denso y su
conciencia evoluciona muy lentamente. Todo el énfasis es puesto sobre el
Cuerpo Físico y se da especial cuidado a su nutrición, la cual es suministrada
fundamentalmente por la madre.
La primera etapa a su vez se subdivide en siete años, cada uno de los
cuales representa uno de los siete periodos de desarrollo. El primer año
corresponde totalmente al Periodo de Saturno y durante éste, el niño no tiene
ninguna conciencia de sí mismo, estando aún enfocado hacia el interior. Su
sentido más agudo y sensible es el oído, ya que éste fue desarrollado
arquetípicamente en el primer Periodo Mundial. Durante el segundo año se
recapitula el Periodo Solar cuyo trabajo principal fue la obtención del germen
del Cuerpo Vital, en la segunda revolución cósmica y el despertar del Espíritu de
Vida en la sexta. Allí el Cuerpo Físico se mejoró diseñando el Sistema Digestivo
y Glandular. En esta segundo año de vida el niño se muestra más vital y su
sistema digestivo se ha adaptado mejor para recibir alimentos diferentes a la
leche materna. También es la época en la cual comienza el control de
esfínteres.El sentido del tacto cobra importancia y el niño quiere cogerlo todo,
puesto que este sentido fue preparado en el Periodo Solar. Sin embargo,
recordemos que el cuerpo Vital aún actúa desde la matriz del cuerpo Vital
Planetario. El sacramento del bautismo debe ser administrado en esta época, ya
que el Cuerpo vital es el reflejo del Espíritu de Vida, a través del cual fluye la
energía crística.
El tercer año corresponde al Periodo Lunar (donde recibimos el germen
del Cuerpo de Deseos en la tercera revolución y se despertó el Espíritu Humano
en la quinta). Nuestro Cuerpo Físico fue mejorado en germen para poder
construir el sistema muscular, esquelético y el sistema nervioso involuntario. El
niño, aunque su Cuerpo de deseos está en incubación, da muestras de sus
primeras emociones infantiles y desea verlo todo, puesto que los ojos fueron
construidos en germen en este Periodo. El movimiento cobra importancia para él
y no permanece en quietud ni un instante durante la vigilia. También aquí se
recapitula la época Lemúrica durante la cual ocurrió la división en sexos. El
infante comienza a diferenciar el sexo masculino del femenino y se muestra
interesado en los órganos sexuales. Esta es una época excelente para dar las
primeras enseñanzas acerca de que existen dos sexos. El cuarto año recapitula el  Periodo terrestre, época en la cual obtuvimos el germen del Cuerpo Mental y
desarrollamos nuestro sistema nervioso voluntario y el sentido del gusto de la
Epoca Atlante. El niño se muestra interesado en preguntar el por qué de las
cosas y desea saberlo todo aunque su mente está todavía en embrión. Despierta
su sentido del gusto y acepta o rechaza la comida por su sabor. Igualmente se
identifica como una personita separada, ya que en esta época la mayoría de la
humanidad alcanzó la consciencia de sí misma. Es el momento en el que los
padres deben enseñar los primeros pasos acerca de la lógica y del proceso
razonador. Es también un buen tiempo para enseñar al niño el primer paso
rudimentario de la meditación, a saber, la lectura de cuentos de hadas o
similares.
El quinto año corresponde al Periodo de Júpiter, quinta revolución, época
Aria y Espíritu Humano. El niño da muestras de rebeldía ya que el Espíritu
Humano recibe la energía separatista de Jehová. El olfato cobra importancia ya
que fue desarrollado en la quinta época (Aria) y el niño muestra su agrado o
disgusto por diferentes olores. Este es un momento especial para enseñar al niño el Espíritu de independencia para que el infante se valga por sí mismo. De hecho los niños desean hacer muchas cosas solos. También se deben dar las primeras enseñanzas acerca de la pureza (Espíritu santo), así como de la energía creadora.
El infante debe ser educado para ser creativo y hacer uso de las Epigénesis. El
sexto año corresponde al Espíritu de Vida, a la sexta revolución y al Periodo de
Venus. Deben darse enseñanzas con respecto al amor, a la fraternidad universal, a la unidad de la vida, a la existencia de Cristo, a la oración y al recto obrar. El séptimo año es el del Periodo de Vulcano, la séptima revolución y el Espíritub Divino. La voluntad debe ser fortalecida en esta época mediante la enseñanza de la confianza en sí mismo y la disciplina. El niño debe aprender que la voluntad divina gobierna todas las cosas y que debemos ser humildes y mansos, pero con deseo de cambiar.
Segunda Etapa. Desde los 7 hasta los 14 años cumplidos. Segunda Infancia.
En su totalidad corresponde a la recapitulación del Periodo Solar y el
trabajo sobre el Cuerpo Vital, el cual nace aproximadamente a los siete años,
dando lugar a una fase de rápido crecimiento, que se da gracias a la acción del
Eter Químico, el cual madura en esta época, facilitando la asimilación y
excreción. En esta etapa debe existir un completo control de los esfínteres, una
mayor actividad de la hormona del crecimiento (Sistema Glandular), y una gran
vitalidad. La educación debe enfocarse en el cuerpo Vital cuyo principio es la
repetición. La enseñanza fundamental debe orientarse a la formación de hábitos
constructivos mediante la Autoridad de padres y educadores y la obediencia
discipular del niño.
De acuerdo con la mecánica de recapitulación, hay una subdivisión
septenaria que recrea nuevamente el esquema, a mayor velocidad, en un nivel
más elevado y con un enfoque particular referente al trabajo sobre el cuerpo
Vital.
El octavo año de vida es el primero de este nuevo ciclo y en el ocurre una
adaptación del cuerpo Físico a la exuberante vitalidad que ahora recibe del
cuerpo naciente. En este año debe prestarse atención a la importancia de manejar convenientemente nuestras energías vitales. Debe enseñarse al infante la estrecha relación que existe entre éstas y el cuerpo Denso y cómo la
malversación de estas fuerzas tienen un impacto negativo sobre la salud. Es
necesario que se conozca la manera en que el cuerpo Físico se nutre de energía a partir del vehículo etérico para que se comprenda la importancia de una
excelente alimentación vegetariana, del ejercicio físico, de recibir suficiente sol,
de un ambiente bien ventilado que garantice una buena respiración, de dormir
por lo menos ocho horas , etc. El noveno año de vida corresponde al segundo de
esta etapa y es el correspondiente al cuerpo Vital propiamente, el cual
experimenta aquí una nueva adaptación para esta encarnación. Es aquí donde
madura completamente el éter químico del vehículo etérico Debemos recordar
que su contraparte es el Espíritu de Vida, el cual crece a expensas de aquel. Esta conexión permite al cuerpo Vital el ser una vía de expresión y manifestación de la Energía crística, lo cual hace a este año el más adecuado para los ritos de
primera comunión a través de los cuales se reafirman las promesas del bautismo.
Es una época especial también para crear buenos hábitos de oración y para fijar
en el infante los principios básicos de profundas verdades espirituales. En
general es un buen año para enseñar al niño la importancia de crear hábitos
positivos con el objeto de desarrollar un buen carácter en el futuro.
El décimo año corresponde a la tercera vuelta de nuestra espiral,
relacionada con el cuerpo de deseos, cuya clave es sensación. Puesto que tal
vehículo no ha nacido aun, esta es una etapa preparatoria durante la cual es
importante enseñar al niño a diferenciar las distintas clases de deseos que
pueden existir en él y advertirle que en el futuro aparecerán nuevos y más
intensos deseos para cuyo manejo debe estar preparado. Es un buen año para
ayudar al individuo a cultivar elevadas sensaciones y para iniciarlo en los
caminos del arte y el altruismo. El año once corresponde al cuerpo mental, y es
una etapa donde este incipiente cuerpo aun por nacer, comienza a influenciar el
aun inmaduro éter reflector del cuerpo Vital, el cual entra cada vez en mayor
actividad. Siendo la nota clave del cuerpo mental razón y consciencia de sí, es
una etapa de fuerte cuestionamiento por parte del muchacho. Los padres deben
cuidarse bien de orientarle siempre con respuestas verdaderas y claras a sus
interrogantes. No olvidar que aquello que se imprime en el cuerpo Vital en un
año correspondiente a éste en la ruta espiral, se grabará más fuertemente que en ninguna otra época. Es importante enseñar al niño el segundo paso de la
meditación,los primeros rudimentos de concentración, invitándolo a la
investigación, a la lectura de obras instructivas, de biografías de grandes seres y
a la reflexión. Es además un buen año para enseñar la acción lógica y despertar
el amor por el estudio. En el año doce estamos en etapa preparatoria
correspondiente al Espíritu Humano, cuya clave es individualidad y
separatividad. Indudablemente que aquí comienza la pre-adolescencia y que
será esta una época de rebeldía frente a los patrones establecidos. Es un buen
momento para recordar a nuestro hombrecillo en evolución que la
autosuficiencia es la clave de una buena adaptación a cualquier proceso de
desarrollo y que la rebelión interna es más valedera que la externa. En esta etapa
pueden enseñarse primarias lecciones sobre meditación, enseñando al muchacho la diferencia entre el pensamiento abstracto y el concreto mediante prácticas que le lleven a reflexionar sobre ideas abstractas de elevado orden. El año trece corresponde al Espíritu de Vida y es una edad apropiada para el estudio de las religiones y de la vida de grandes emisarios del amor como Chrisna, Jesús el Cristo, Juan el Apóstol, etc, y para inculcar el cultivo de la devoción y el carácter sagrado de la vida. La intuición es particularmente fuerte en este año y debe enseñarse al individuo a pensar con el corazón. El año catorce, el séptimo de esta etapa tiene relación con el Espíritu Divino. Nuevamente aquí, la energía de la voluntad, propia de éste, aumenta su actividad. Es un buen año para el contacto con lo Divino, para el aprendizaje de la adoración, para el conocimiento elemental de nuestra realidad espiritual y de nuestra identidad con la Divinidad. La disciplina no represiva sino por consciencia debe ser la clave en esta edad.
Tercera etapa. Desde los catorce hasta los veintiún años cumplidos.
Adolescencia.
Este tercer ciclo de siete años está enmarcada por la acción predominante
del cuerpo de deseos, el cual nace al comenzar este período, dando lugar a las
intensas emociones, deseos, pasiones y sentimientos propios del púber. Aquí se
recapitula el período Lunar, época en la cual adquirimos nuestro tercer vehículo.
También recapitulamos la época Lemúrica, lejano período evolutivo durante el
cual nació el germen de la individualidad por acción refleja del Espíritu
Humano, el cual fue despertado en el período lunar también. Recordemos que
los lemures fueron divididos en sexos y que por la acción de los Espíritus
Luciferes la sexualidad cobró importancia predominante en la vida del hombre.
En esta época la luna se separó de la tierra y empezó a ejercer su poderosa
influencia sobre la humanidad, siendo tal influencia más marcada en la mujer.
Recordemos también que, por la separación en sexos, la mitad de la fuerza
sexual fue empleada para construir el cerebro y la laringe. Al recapitular esta
etapa, el individuo se identifica plenamente como un sexo separado y la
sexualidad cobra importancia en su vida. El adolescente se vuelve altamente
imaginativo y emotivo debido a la influencia lunar. En esta etapa es también
característica la rebeldía y el Espíritu separatista propio de la energía de Jehová.
Como recapitulación de la construcción de la laringe como órgano fonador,
aparece el conocido cambio de voz característico de cada sexo. La
predominancia de la energía marciana se hace evidente y aparece el típico acné
del adolescente. La división septenaria nos aclarará el camino a seguir en este
tercer período.
El año quince, repaso del trabajo sobre el cuerpo físico, lleva a este a
modificarse de acuerdo con la tónica de recapitulación. Aparecen los caracteres
sexuales secundarios y el cambio hormonal necesario para ello. El cuerpo físico
se adapta al nuevo Cuerpo de Deseos que nace. El púber da gran importancia a
su cuerpo en esta época despertándose en él una gran curiosidad. Durante este
año se debe inculcar al muchacho el respeto por su cuerpo, recordándole que es
templo del Espíritu y que en esta etapa más que en ninguna otra, el vehículo
denso recibirá un fuerte impacto venido del Mundo del Deseo. Un perfecto
conocimiento de las modificaciones que el cuerpo sufre es deseable, para evitar
la confusión del individuo. Igualmente debe informarse debidamente acerca del
recto uso de la función creadora y del manejo de la energía sexual que se hará
sentir físicamente. La mujer indudablemente tendrá más influencia lunar y verá
a su cuerpo marchar al compás del satélite con la aparición regulada del flujo
menstrual. Su Cuerpo de Deseos polarizado negativamente dará a su cuerpo una gran sensibilidad, haciendo sus órganos de los sentidos y su laringe mucho más activos, por lo cual deberá cuidar el recto uso de la palabra para no caer en el chisme y la habladuría.
El año dieciséis recrea nuevamente el período solar. El Cuerpo Vital entra
nuevamente en acción completando la maduración del Eter de Vida, el cual
capacita al sujeto para la fecundación, y le dota adicionalmente de una
superabundancia de energía vital capaz de soportar el poderoso incentivo dado
por el Cuerpo de Deseos recién nacido. La influencia de la fuerza Crística
vuelve a ser notoria por la acción refleja del Espíritu de Vida, y esto hace que
sea este un buen año para reafirmar nuestros principios cristianos y estudiar la
importancia de crear nuevos hábitos de vida a través del estudio de verdades
fundamentales que fácilmente quedarán impresas en el Cuerpo Vital.
El año diecisiete corresponde realmente al Cuerpo de Deseos, y es la época de
mayor intensidad de la adolescencia. La clave en este caso es sensación y,
nuevamente y en un nivel más elevado, debemos buscar buen alimento para el
tercer vehículo en elevadas emociones y sentimientos. Por acción refleja del
Espíritu Humano recibimos una especial influencia del Espíritu Santo. Este es el
mejor año para los ritos de confirmación, mediante los cuales el sacerdote
purifica el Cuerpo Emocional imprimiéndole un pensamiento-forma de
protección que permita la individuo salir airoso en la tentación.
En el año dieciocho, donde se recapitula el trabajo sobre el Cuerpo
Mental, el Cuerpo de Deseos se adapta para ser interpenetrado por la futura
mente. Esta entra en mayor actividad, aun desde su matriz cósmica, aliándose su influencia generalmente con la intensidad de las emociones, para justificarlas.
En las personas más evolucionadas la razón cobra fuerza intentando controlar el
Cuerpo Emocional. Esta acción generalmente ocasiona un gran conflicto interior
que en muchas ocasiones lleva a la depresión momentánea. La influencia lunar
propia de esta etapa se hace más notoria, incrementando la imaginación. Es la
época de las grandes ilusiones. El trabajo principal aquí, consiste en la
educación de la mente mediante el estudio sistemático de verdades
fundamentales que enseñen al adolescente a no crear erróneos juicios y a no
tener una falsa concepción del mundo. La lógica debe ser incentivada, así como
la comprensión de que la mente clara y serena es la única capaz de refrenar a la
emoción descontrolada.
En el año diecinueve, correspondiente al Espíritu Humano, el individuo
tiende a alejarse y a rebelarse, siendo la nota clave la separatividad dada por la
influencia de Jehová. Surge aquí la tendencia a la identificación con la familia,
con la nación, con la raza, debido a la influencia de los Angeles Tutelares y los
Espíritus de Tribu, raza, etc., quienes realizan la obra del Espíritu Santo. En esta
época debe darse un tercer paso hacia la práctica de la meditación. Debe pasarse de la meditación reflexiva a la de ideas, mediante la cual, la mente abstracta se prepara para el nacimiento. El espíritu de independencia debe ser inculcado en más alto grado con el objeto de que el individuo se haga consciente de que algún día debe ser autosuficiente.
En el año veinte, trabajamos sobre el Espíritu de Vida en conexión con el
Cuerpo de Deseos. La fuerza Crística influencia notoriamente a las emociones y
debe ser aprovechada para trabajar el desapego y elevar la vibración amorosa del plano de los afectos al plano de la unidad de vida, es decir, de lo sensorial a lo
espiritual. El servicio amoroso y desinteresado puede ser la herramienta de
trabajo apropiada. La nota clave es el amor universal.
El año veintiuno corresponde al Espíritu Divino cuya nota clave es
voluntad y disciplina. La fuerza del Padre que se recibe en esta época puede ser
sabiamente utilizada para doblegar algunas de las emociones más rebeldes,
buscando un mayor contacto con lo Divino a través de las primeras prácticas de
contemplación, donde aprendemos a observar la vida en toda su plenitud sin
prejuicio alguno y a ver la conexión espiritual de todas las cosas entre sí.
Cuarta etapa. De los veintiuno a los veintiocho años cumplidos. Juventud.
Este ciclo de siete años corresponde en su totalidad al Período Terrestre,
Cuarta Revolución Cósmica, Globo D, Epoca Atlante, etc. Nuestro cuarto
vehículo, el Cuerpo Mental, nace y comienza su verdadero desarrollo. El
advenimiento de la mente frena la vida de intensas emociones y lleva al
individuo hacia la razón, la lógica, el estudio y la consciencia de sí mismo. Las
emociones lucharan para seguir ejerciendo el control y buscarán que la mente
sea su aliada. El Espíritu deseará que la mente ejerza el control. Esto en muchas
ocasiones genera confusión de ideas en un principio, pero el hallazgo de una ruta
de conducta y de vida al final. La personalidad termina en esta etapa su
completa recapitulación, ya que a los veintiocho años aproximadamente (cuando
Saturno transita el mismo signo y grado en el que estaba cuando el individuo
nació), se alcanza el mismo nivel de evolución que se tenía en la evolución
anterior. El Espíritu reencarnante apenas acaba de nacer y recapitular su pasado
evolutivo.
El año veintidós corresponde nuevamente al cuerpo Denso, el cual se
adapta a la interpenetración por el Cuerpo Mental. Por ser esta la última época
recapitulatoria del Cuerpo Físico culmina aquí todo crecimiento de cualquier
estructura física. En adelante solo habrá modificaciones o tal vez deterioro. El
sistema nervioso cerebro espinal, última adquisición durante el proceso
evolutivo alcanza la máxima intensidad de sus funciones y queda
completamente adaptado para la expresión del pensamiento. Es un buen año
para repasar los cuidados del Cuerpo Denso y dar algún paso más en nuestra
adaptación a una alimentación sana.
El año veintitrés corresponde al Cuerpo Vital. El Eter Lumínico alcanza
su completa maduración, permitiendo el control de la temperatura de la sangre y
la más óptima captación de las vibraciones externas a través de los sentidos.
Siendo la clave del vehículo etérico la repetición, es este un excelente año para
iniciar el estudio profundo del esoterismo y para iniciar prácticas superiores
adaptadas al nivel de evolución del individuo. También es una buena época para
la ordenación sacerdotal, ya que la energía Crística fluye por acción refleja del
Espíritu de Vida. Si en el anterior año la mente encuentra una estructura densa
para su expresión, en el presente se vitaliza y se vuelve fluida.
El año veinticuatro corresponde al Cuerpo de Deseos y es cuando este se
adapta a su amalgama con la mente. En los individuos de condición inferior, las
emociones doblegarán a la mente y se iniciará una vida ávida de placer
plenamente justificada por una mente sumisa: se arraigará la astucia. En los más
avanzados la mente tomará su lugar y se enfocará hacia la búsqueda de un
verdadero crecimiento. La Mente se volverá "sensitiva". En la mayoría de los
individuos se entabla un conflicto entre la mente y las emociones que puede
durar por el resto de la vida. Es un buen año para entender la naturaleza y modo
de obrar de las emociones. La clave es comprensión de las sensaciones.
El año veinticinco corresponde totalmente al Cuerpo Mental. Es el año
focal, y el individuo debe reflexionar acerca de sus objetivos de vida. Es una
buena época para el estudio del Cuerpo Mental y de la mecánica del
pensamiento. A esta edad el sujeto debe ser, en lo más posible, consciente de sí
mismo de acuerdo con el nivel evolutivo alcanzado. El nivel vibracional logrado
hasta aquí le permite adaptarse perfectamente a las condiciones de la presente
encarnación. Es el año de poner los pies sobre la tierra (Globo D). Los más
evolucionados harán esto. Los menos se afianzarán en el gigantesco mundo de
ilusiones creado por la mente.
El año veintiséis recrea el desarrollo del Espíritu Humano en un más alto
nivel. Los impulsos de independencia y separatividad surgen nuevamente para
afianzarse o ser comprendidos cabalmente. El primero enfocará al individuo a la
autosuficiencia y a la revolución interior; el segundo lo enfocará hacia el
egoísmo y la rebeldía. La mente abstracta cobra importancia fundamental en este
año lo cual lo hace el óptimo para comenzar la práctica habitual de la meditación
profunda, previo estudio de lo que ello implica. La clave es comprensión de lo
abstracto. Es un buen año para descubrir que la inteligencia es superior a la
intelectualidad, y que no solo se aprende a través de la mente concreta.
El año veintisiete adapta a la mente para recibir la influencia del Espíritu
de Vida. Es un buen año para estudiar la contemplación, la energía Crística y las
leyes universales. El servicio amoroso debe ser intensificado con el propósito de
despertar el Cristo Interno, así que debe estudiarse la forma de realizar un buen
servicio. La clave es comprensión de la Unidad.
El año veintiocho pertenece al Espíritu Divino y es la época apropiada
para el estudio profundo del plan evolutivo. Debe buscarse un mayor contacto
con lo Divino, trabajando la virtud de la mansedumbre con el objeto de ser
copartícipes y ejecutores de la Voluntad Divina. La clave es comprensión de lo
Divino.
Quinta etapa. De los veintiocho a los treinta y cinco años cumplidos. Adultez.
Este quinto ciclo de siete años es esencialmente una etapa preparatoria
para las futuras condiciones del período de Júpiter, pero también recrea la
Quinta Revolución Cósmica, donde El Espíritu Humano es despertado. Este
vehículo sale de su letargo en esta época y ejerce su influencia separatista y de
independencia. La energía del Espíritu Santo influencia poderosamente la vida
del individuo. Es una buena etapa para independizarse, para casarse, para tomar
partido, para elegir una ruta definida. También es la época ideal para la
meditación profunda que nos permite entrar en contacto con el mundo de las
ideas. Siendo el Espíritu Humano, el que expresa La energía creadora del
Espíritu Santo, es esta la edad propicia para intensificar nuestro poder de
Epigénesis. Es la época de la inteligencia, de la invención, de la creatividad, de
la acción sabia. La clave de toda esta etapa es independencia creativa e
inteligente.
El año veintinueve será entonces el de la independencia del Cuerpo Denso
y de la subsistencia material. El individuo debe hacerse responsable de la
adquisición de sus propios recursos de alimentación, vivienda, vestido, etc., así
como de los de aquellos que están bajo su cuidado (hijos, padres, ancianos, etc).
En el año treinta madura el Eter Reflector del Cuerpo Vital, permitiendo que el
cerebro etérico esté completamente adaptado para la percepción de las ideas más
elevadas. La vitalidad del individuo debe hacerse independiente de la de otros
semejantes; debe depender exclusivamente de sus propios mecanismos de
captación de la energía vital planetaria a través de la alimentación, la energía
solar y la respiración. Debe terminarse toda forma de vampirismo consciente e
inconsciente. Al alcanzar el Eter Reflector su maduración, termina aquí
teóricamente la reconstrucción completa del Cuerpo Vital (se dice que este
vehículo será perfeccionado en el Período de Júpiter). De aquí en adelante todo
trabajo sobre éste tiene por objeto un desarrollo adicional al del nivel alcanzado
en la encarnación anterior. Los éteres superiores deben ser nutridos en este año
mediante acciones creativas.
En el año treinta y uno debemos enfocar la energía del Espíritu Humano
hacia el Cuerpo de Deseos para buscar la independencia de nuestras sensaciones.
El desapego es la clave que nos conduce a ser emocionalmente autosuficientes.
Es un buen año para trabajar en el cultivo de elevadas virtudes y en la
purificación de la naturaleza inferior. La meditación será la ayuda para ello.
En el año treinta y dos, cuarto de este ciclo, nuestra mente recibirá la
influencia del Espíritu Humano. Es la hora de tener criterios propios,
pensamientos originales y de romper nuestra conexión con cualquier tipo de
condicionamiento mental. La clave es independencia creativa de pensamiento.
Si estamos creciendo en forma real y efectiva deberemos dar un fruto mental en
esta época.
En el año treinta y tres estaremos en el apogeo del Espíritu Humano. Su
influencia, así como la del Espíritu Santo serán de gran importancia para el
crecimiento espiritual. Debería ser un año dedicado a la meditación y a la
creatividad. Este trabajo nos permitirá construir un puente entre la mente y el
Espíritu Humano, trabajo que de no ser hecho, deberá esperar hasta la Quinta
Revolución Cósmica. Al llegar a esta edad el individuo debe alcanzar su
completa independencia física, vital, emocional, mental y de ideas. A esta edad
de Jesús el Cristo, el Rayo Crístico penetró en la tierra para romper la influencia
separatista de Jehová. El individuo que no canaliza correctamente la Energía del
Tercer Aspecto, la acumulará por acción refleja en su Cuerpo de Deseos y se
convertirá en alguien radical, egoísta, tal vez fanático o solitario.
En el año treinta y cuatro el Espíritu Humano se prepara para un nuevo
despertar del Espíritu de Vida. Se debe trabajar mediante la meditación en la
vida de Cristo y de los seres Cristificados. Cristo Jesús fue muerto en el año
treinta y tres, y en el treinta y cuatro se convirtió plenamente en el Rayo Guiador
de la tierra. Es entonces una buena edad para meditar en el despertar del Cristo
Interior, percibiendo lo grandioso de esta idea por sí mismo. Es también un buen
año para conciliar las ideas de independencia y fraternidad universal, y
comprender que la creatividad, el genio, debe ser puesto al servicio de los demás
para la elevación de la humanidad. Quien se adapta mal en esta época puede
convertirse en un fanático religioso.
En el año treinta y cinco, séptimo del ciclo, nuestro Espíritu Humano se
prepara para la influencia del Espíritu Divino. Nuestro trabajo de meditación
debe enfocarse hacia el contacto con lo Divino, con la Voluntad, con la Energía
del Padre. Debemos dar un paso más en el aprendizaje de la practica de la
adoración.
Sexta etapa. De los treinta y cinco a los cuarenta y dos años cumplidos.
Este sexto ciclo de siete años es una etapa preparatoria para las futuras
condiciones del Periodo de Venus, pero también recrea la sexta Revolución
Cósmica, donde el Espíritu de Vida tiene su acción predominante. Este vehículo
tiene un nuevo despertar y ejerce su fuerza unificante, dejando sentir la poderosa
energía de Cristo en la vida del individuo. Es una época adaptada para el
despertar del Cristo interno y para afianzar nuestros principios de Unidad y
Fraternidad Universal, rompiendo la influencia separatista de Jehová. La
subdivisión septenaria, siguiendo la clave recapitulatoria nos da la guía de
acción en estas edades.
El año treinta y seis, primero de este ciclo, corresponde al Cuerpo Denso.
La influencia del Espíritu de Vida sobre este vehículo permite al individuo
descubrir la capacidad de expresar amor en forma consciente a través de su
cuerpo. Es una buena época para que el individuo se convierta en un ser más
expresivo, más afectuoso, más amoroso, sin distingos de ninguna naturaleza y
sin favoritismos. Es un buen momento para trabajar los bloqueos afectivos que
nos impiden demostrar nuestro cariño permitiendo que el cuerpo exprese el
lenguaje del amor. Las personas más avanzadas encuentran aquí un buen
momento para convertirse, luego de un arduo trabajo sobre su naturaleza
inferior, en canales conscientes y limpios de la energía de Cristo, con propósitos
curativos. El año treinta y siete, segundo de este septenario, corresponde al
Cuero Vital, justamente la contraparte del espíritu de Vida. Es un buen año para
desarrollar la parte mística con el objeto de conectar estos dos vehículos. La
influencia de la fuerza crística ayudara al individuo a desarrollar el Cuerpo Alma
mediante la práctica del servicio amoroso y de la lectura de escritos sagrados o
filosóficos de orden elevado.
El año treinta y ocho corresponde al Cuerpo de Deseos, cuya clave es
sensación. Es un buen año para elevar la calidad de nuestras emociones
mediante la expresión del amor Universal. La influencia crística nos ayudará en
esta época a romper nuestros apegos y tendencias separatistas, venciendo la
influencia de los espíritus tutelares, nacionales y raciales. Nuestras sensaciones
afectivas pueden ser elevadas en un grado más hasta llegar al sentimiento
profundo de Amor Universal. El año treinta y nueve corresponde al Cuerpo
Mental y es un buen año para el estudio y comprensión de todos los caminos que
pueden llevarnos hacia la Fraternidad Universal. Nuestra meditación puede
enfocarse en el estudio y práctica de leyes Universales. Es un buen año para
contactar con otros grupos diferentes a los de nuestra filiación filosófica, y para
tratar de descifrar su lenguaje particular de expresión y enseñanza, con el objeto
de encontrar los puntos comunes de toda enseñanza y aprender a hablar en un
idioma común.
El año cuarenta corresponde al Espíritu Humano. La influencia del
Espíritu de Vida sobre este nos ayudara a romper nuestras tendencias
separatistas. Es un buen año para la meditación profunda en ideas universales y
unificadoras y para el ejercicio consciente de nuestra epigénesis (aspecto creador de la Divinidad que se expresa a través del Espíritu Humano). En esta época debemos dar frutos creativos que unifiquen a todos aquellos que buscan la Fraternidad Universal.
El año cuarenta y uno corresponde totalmente al Espíritu de Vida y es la
mejor época de nuestra existencia para el despertar del Cristo interno que no es
otra cosa que el poder de segundo Aspecto que se encuentra latente en nuestro
Espíritu de Vida. Este año debería ser dedicado totalmente a todas aquellas
actividades que trabajen a favor de la Fraternidad Universal. Es también un buen
año para la comprensión intuitiva de la verdadera práctica del servicio amoroso
y desinteresado. Las personas más evolucionadas pueden aquí consagrar sus
vidas al servicio de la humanidad o fundar obras, movimientos o grupos que
difundan estas ideas. En este año el Probacionista se convierte en un Discípulo
de Cristo, y el Discípulo se muestra como su representante en forma evidente en
su relación con la humanidad. Este es el mejor año para la práctica de la
contemplación.
El año cuarenta y dos corresponde al Espíritu Divino y es un buen año
para que la influencia crística del Espíritu de Vida nos despierte a la consciencia
del Padre. Es un excelente año para la práctica de la adoración, para el desarrollo de la voluntad, para
El comienzo o refuerzo de nuestra Disciplina espiritual y para hacernos
más flexibles en ella mediante el amor.
Séptima Epoca. De los cuarenta y dos a los cuarenta y nueve años cumplidos.
Este séptimo ciclo de siete años es una etapa preparatoria para la divinas
experiencias del Período de Vulcano, y una recapitulación de la séptima
revolución cósmica y el séptimo globo, donde la actividad del Espíritu Divino
predomina. Durante este ciclo el trabajo consiste en la educación de la voluntad
humana para la aceptación de la voluntad Divina mediante el conocimiento y
colaboración con el plan evolutivo. Este septenario debe estar dedicado a la
práctica de la adoración y a la vivencia espiritual más elevada mediante la
disciplina no dogmática ni represiva y la acción recta.
El año cuarenta y tres corresponde nuevamente al Cuerpo Denso. Es una
buena época para la completa aceptación de nuestro Cuerpo Denso como templo del espíritu viviente. En este año debemos adaptar todas nuestras costumbres, sin excepción alguna, a las leyes Divinas, de tal suerte que cada una de nuestras acciones tenga un objetivo cósmico. Debe ser un año dedicado a una sana disciplina espiritual que nos muestre que efectivamente estamos aceptando la expresión de la Voluntad Divina a través de nuestros cuerpos y actos. Como este año es una recapitulación del período de Saturno, también lo será de nuestra primera infancia, y es un buen momento para corregir nuestros patrones traumáticos de aquella época mediante la aceptación de nuestro destino. El año cuarenta y cuatro corresponde al Cuerpo Vital cuya clave es la repetición. Es una buena época para la oración adorativa, para dar gracias a nuestro Padre celestial por su bondad infinita. Es la época de elevar nuestro corazón a Dios para decir como María: "hágase en mí según tu palabra". Es también un buen año para la lectura de aquellas obras que nos muestran el Divino plan de la creación. En esta época recapitulamos el Período Solar y es un buen momento para corregir patrones traumáticos de nuestra segunda infancia mediante la aceptación de la Voluntad Divina. El año cuarenta y cinco corresponde al Cuerpo de Deseos, y nuestro trabajo debe estar dedicado a la elevación de nuestras sensaciones al carácter de Divinas. Es una año para el contacto emocional con lo Divino, sintiendo la presencia de Dios en todos los seres. Aquí recapitulamos el período Lunar y es el mejor momento para la corrección de patrones traumáticos de la adolescencia. El año cuarenta y seis corresponde al Cuerpo Mental y debe ser dedicado al estudio profundo y comprensión del Plan Divino y a la enseñanza de la obra de Dios. Es un buen año para la creación de formas de pensamiento de carácter muy elevado. La recapitulación del Período terrestre y de la época Atlante hacen de esta la mejor época para corregir  patrones traumáticos de la juventud. El año cuarenta y siete corresponde al Espíritu humano expresión del Espíritu Santo. Aquí este aspecto se conecta con el espíritu Divino. Debe ser una año dedicado a la meditación con el objeto de contactar con las ideas del Plan Divino y, mediante la Epigénesis, dar un fruto espiritual a la humanidad en lo relativo al conocimiento del Plan de Dios para los hombres. Un buen año para escribir, pintar o crear obras inspiradas, donde un nuevo conocimiento es dado al Mundo. Aquí recapitulamos la etapa de los veintiocho a los treinta y cinco años y es el mejor momento para corregir los
patrones traumáticos adquiridos en esta época. El año cuarenta y ocho
corresponde al Espíritu de Vida y es aquí donde este contacta con el espíritu
Divino. En este año recapitulamos el septenario anterior y podemos corregir
nuestros patrones traumáticos o equivocados respecto al Amor Universal.
Nuestro corazón puede expresar ahora además del amor por la humanidad, una
entrega total a la voluntad de Dios para el establecimiento de la Fraternidad
Universal. El año cuarenta y nueve es verdaderamente el año del Espíritu Divino
y debe ser un año completamente dedicado a una vida de adoración a través de
nuestros actos, percepciones, sensaciones y pensamientos. La mente en especial (vehículo que será perfeccionado en el Período de Vulcano) debe alcanzar un alto nivel de perfeccionamiento. La Disciplina es la clave y la voluntad es la fuerza que deben primar en esta época. El hombre en este año debiera ser un ejemplo viviente a través del cual la voluntad Divina se expresa. En este año
podemos corregir patrones traumáticos de todos los años vividos y debemos
prepararnos para el segundo ciclo de cuarenta y nueve años que viene más
adelante.
A los cuarenta y nueve años el hombre ha vivido en pequeño los siete días
de la creación y se prepara para otro nuevo ciclo que representa un nuevo
esquema evolutivo, otro día de manifestación. Estos al igual que todo nuestro
proceso siguen un orden perfecto de tal suerte que el primer ciclo septenario
(primeros cuarenta y nueve años de vida) corresponden a una vida de expresión
física donde el desarrollo del Cuerpo Denso y la educación de la voluntad son
las claves a seguir. El segundo septenario de cuarenta y nueve años corresponde al Cuerpo Vital y a su contraparte el Espíritu de Vida y la nota clave es el amor.
De esta forma podemos comprender que una vez cumplida la primera vuelta de
la espiral tenemos un segundo nacimiento a los cuarenta y nueve años cumplidos donde comenzamos la segunda vuelta de la espiral evolutiva, donde el aspecto amor, es la nota clave predominante. Cada septenario de esta segunda vuelta corresponde igualmente a una etapa recapitulatoria y de trabajo relacionada con uno de los siete Períodos mundiales de creación, o con una revolución cósmica, globo, época, raza o subraza. Con el conocimiento dado anteriormente respecto al proceso de recapitulación en la vida diaria, el estudiante podrá construir las demás vueltas de la espiral.
Los seres que van alcanzando un nivel de evolución más avanzado o que
desean avanzar a una mayor velocidad, no necesitan esperar el lento proceso
recapitulatorio de cada septenario para repasar o desarrollar algún aspecto de
cada vehículo, sino que pueden hacerlo dentro de la espiral más pequeña de un
solo septenario, donde el trabajo de cada vehículo pude hacerse en un año. De
esta manera los Discípulos e Iniciados trabajan a una velocidad sorprendente, sin
infringir la Ley Cósmica. Igualmente si alguien dejó pendiente un trabajo de un
vehículo dado en su septenario correspondiente, puede recuperar el tiempo
mediante un trabajo más intenso en el año correspondiente del siguiente ciclo
septenario. Este ritmo de velocidad, llamado la ronda interna, permitiría a un
individuo realizar siete espirales completas en lugar de una en cuarenta y nueve
años, con lo cual adelantaría el trabajo de varias vidas. Y se aún deseará ir a
mayor velocidad obviamente multiplica la intensidad de su trabajo espiritual,
puede tomar la ruta de espirales más pequeñas contenidas en cada año, en cada mes y aún en cada semana.
La recapitulación es un proceso que se vive permanentemente y aún
dentro de cada año hay pequeñas espirales individuales para cada persona con
mágicas divisiones septenarias de las que puede deducirse la clave de acción
inteligente y amorosa bajo el concurso de la voluntad Divina para llevar una
vida completamente adaptada a la leyes cósmicas. El autor considera que todo
estudiante ocultista debería conocer este esquema a profundidad para avanzar
rápidamente en el sendero alcanzando cada vez mayores alturas y siguiendo el
gran lema de la evolución: Arriba y hacia delante siempre siempre.
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http://josevicenteortizzarate.blogspot.com.ar/2012/04/la-recapitulacion-en-la-vida-diaria.html

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