Libros electrónicos de estudios esotéricos

jueves, 7 de febrero de 2013

DISCIPULADO No. 9 EL DESTETE ESPIRITUAL





DISCIPULADO No. 9
EL DESTETE ESPIRITUAL

En el trabajo del sendero del discipulado es necesario distinguir claramente la etapa preparatoria llamada generalmente la etapa de probación, que es el mismo estado del  chela o lanú en otras tradiciones, de la verdadera etapa del discípulado.

 Así como un niño en sus primeros años de vida ha de ser nutrido por la leche de su madre, preparando su cuerpo para una futura independencia, así el aspirante a la vida superior o senda de la espiritualidad ha de pasar por la etapa de probación. Y al igual que el bebé se siente tan cómodo en el regazo de la madre recibiendo sin esfuerzo el alimento, el aspirante probacionista puede quedarse en el dulce solaz del regazo de alguna forma de doctrina o de algún grupo, bebiendo apacible  y pasivamente  de la enseñanza de algún instructor específico, sin otro esfuerzo que el de asimilar este único alimento, el cual parece dejarlo satisfecho y aportarle crecimiento.




 Pero así como el bebé un día debe ser destetado y recibir alimento sólido, ya que la madre no podrá aportarle todos los nutrientes necesarios llegada cierta edad, igualmente el aspirante debe destetarse de la etapa de probación y entrar en una nueva fase de desarrollo, so pena de desnutrirse espiritualmente ya que su madre-enseñanza inicial no podrá aportarle el alimento espiritual necesario para etapas más elevadas.




El discipulado es el comienzo de esta nueva forma de vida que se nutrió de los primeros rudimentos durante la etapa de aspirante. Durante el probacionismo o primer acercamiento serio al sendero, toma el alimento de la tradición o de los caminos andados por otros. Llegó hasta su primer crecimiento y formación por medio de la comunicación con el mundo visto a través de otros; sus teorías, sus hallazgos, sus leyes, sus costumbres, sus posibilidades e interpretaciones. Pero después de esto debe llegar al "destete". El destete simboliza la liberación de una forma de aprendizaje (alimentación) para entrar en una nueva e independiente de la anterior. Romper el velo mental tal como se explicó en el artículo concerniente es entonces necesario. El aprendizaje (alimentación) comienza a hacerse independiente de formas antiguas. No se hace por teorías transmitidas, sino por experiencias nuevas, propias y acordes con el tamaño y las necesidades de la nueva criatura espiritual. Se empieza a hacer necesario el "alimento sólido", alimento frente al cual podemos elegir entre una gran variedad de viandas. Esto representa el discernimiento. Las viandas simbolizan la gran cantidad de vivencias, experiencias nuevas y hechos ya comprobados como favorables al desenvolvimiento del nuevo ser, que sirven de alimento espiritual para el crecimiento y desarrollo del dictado ideal que cada cual tiene asignado.




Es como una orden preprogramada en el núcleo interior, una fuerza invisible dictando sus comandos de necesidad evolutiva hacia formas, cada vez más perfectas, como cumplimiento del comando divino  de la Mente del Espíritu Universal que se proyecta hacia todas las especies.


Este simbolismo del nuevo y variado alimento y el destete , abren el camino hacia la nueva vida que el discípulo trae consigo, ya que no se entra en el sendero por casualidad sino como resultado de un plan y trabajo previo, realizado quizás en pasadas encarnaciones.


Solo dejando la tutela del camino anterior, abrirá la nueva senda, o la nueva ruta,  hacia la plena manifestación del hombre Real que se conecta con su ser divino interior o como 'Hijo de Dios", ser conectado, contactado, iluminado, Mesías o como quiera llamársele al elevado estado de perfección o grado superior.


Las etapas del aspirante y probacionista han de ser simples fragmentos de la historia del verdadero caminante espiritual. Son pasos preliminares de un concepto tomando forma. Son, simplemente, los primeros pasos hacia el hombre perfecto, el que se manifestará como nacido de Dios, no por medio de  evolución espontánea o pasiva, sino a impulsos de la nueva corriente de pensamiento que se introducirá, paso a paso, en el hombre por medio de las experiencias vivificantes y preseleccionadas por Dios
para ese fin.




El hijo de Dios, el hombre perfecto, el Adan Kadmón, ya existía antes que el hombre fuera creado con la ordenanza de alcanzar ese estado. Esta es la idea de perfección establecida para el hombre  que se manifiesta por pasos fragmentados; como peldaños de la simbólica escala que Jacob vislumbró en sus visiones para su tiempo.


Así como  Abel, Seth, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David…preceden al Mesías, así las primeras etapas del caminante en su aproximación al sendero son solo pasos iniciales de un gran concepto que los comprende a todas ellas como elementos de tránsito ineludible, para manifestarse en la posteridad en todo su esplendor.


Cada una de ellas muestra un pequeño aspecto del hombre en extensa gama de posibilidades. Son como estrellas en el firmamento que marcan la ruta hacia lo perfecto señalado por Dios, y que han tenido su primera representación en el probacionista, el Adán que será tentado, y que se manifestará a plenitud en el Iniciado, cuando alcance un punto más alto de de la escala y obtenga el "destete" de la ley de mandamientos y ordenanzas nacidos de su condición anterior, y se revele con la plenitud de su conciencia espiritual como un iluminado o su equivalente en cualquiera de las tradiciones existentes.


El destete espiritual suele ser doloroso al igual que en el caso del bebé que se resiste a abandonar el alimento materno y ha de ser necesario un período de adaptación o de aproximación al nuevo alimento.

El condicionamiento físico, energético, emocional y mental adquiridos durante el adiestramiento adaptativo familiar, escolar, social, cultural, religioso y grupal ejercerá una fuerte resistencia al cambio. Todos estos aspectos formativos serán como cepos que retendrán al aspirante  y le incitarán a volver a nutrirse de su primaria y pasiva leche instructiva o quizás a disculparse o evadirse, disfrazando el alimento anterior de otra forma, como el bebé que es engañado con una mamadera o biberón.

Si el bebé no se desteta llegado cierto tiempo, se desnutrirá y se hará un ser dependiente, pusilánime, inseguro, temeroso o tal vez un desadaptado social. Este proceso de destetarse será necesario muchas veces en las diversas etapas de la vida, en las que será necesario abandonar antiguos procesos para entrar de lleno en otras más elevadas. El niño ha de desaparecer para dar lugar al adolescente y este debe quedar atrás para llegar a la juventud, rumbo a la madurez. El resistirse y retroceder o el tratar de entrar prematuramente en una etapa posterior, destruirán la psiquis y conducirán al retraso o al fracaso, a la dependencia o a la frustración, al sentimiento de incapacidad disfrazado de complaciente pasividad o a convertirse en un fiasco o en los casos más graves a transformarse en humanos afectados de enfermedades mentales o en seres patológicamente destructivos o autodestructivos. Lo mismo ocurrirá en el sendero espiritual. Cada etapa tiene su límite, su tope y requiere su destete.

El probacionista debe destetarse de su formación familiar y de sus apegos familiares. Debe salir de la idea de que su familia es lo mejor del planeta y lo único por lo que vale la pena vivir. Debe romper el pasivo solaz de la compañía familiar adictiva y que con frecuencia solo le aporta roces que se convierten en trampas kármicas. No quiere esto decir que deba abandonar sus responsabilidades sino más bien que debe tener claridad en cuanto a la realidad y límites de éstas, para evitar depender o hacer dependientes sus parientes. El aspirante al discipulado debe abandonar la idea de que la unidad perfecta de la familia es la meta máxima y trascender la propia idea de familia extendiéndola a toda la humanidad y más tarde a toda la Creación. Debe contemplar su propia independencia y la libertad de los demás, aprendiendo a partir y a dejar partir cuando ya es tiempo, recordando que todos los vínculos de la personalidad y todos los parentescos son absolutamente temporales y tarde que temprano morirán y se disolverán en las arenas del infinito. Debe destetarse de la ilusión de la eternidad de los vínculos individuales y beber el alimento sólido de la eternidad del espíritu inmortal.




De igual manera, debe el probacionista destetarse del conocimiento a pie juntillas de su propia tradición, religión o creencia, por más racional y perfecta que le parezca, para poder acceder al sólido alimento de la sabiduría eterna, lejos del biberón del conocimiento aportado por otros. Ha de buscar el alimento interior, aquel que fluye desde la sutil región del pensamiento abstracto y después desde sutiles niveles cada vez más altos, abandonando poco a poco toda teoría rígida o cuadriculada, todo fanatismo o partidismo, todo conocimiento racional sesgado. Si no se suelta de su primaria madre-enseñanza terminará desnutrido espiritualmente, caduco, fósil religioso o esotérico, atrapado en la enseñanza de viejos tiempos, y también inseguro, frustrado o autohipnotizado por la placidez de su pasiva espiritualidad que no le conducirá a ningún desarrollo genuino o en el peor de los casos, si intentó saltarse etapas, creyendo que el sendero es un juego de niños, en un ser psíquicamente alterado por alguna clase de locura mística o esotérica, perdido en el laberinto de la ilusión de los sentidos, creyéndose la flor y nata de esta humanidad, mientras que solo es presa de un gigantesco delirio o autoengaño. 

Es necesario entender que el desarrollo espiritual no es simplemente una cuestión de tiempo en la que el aspirante se ilumina o se inicia luego de cierto número de años de pertenecer a determinado grupo o comunidad que sigue teóricamente una tradición de enseñanzas espirituales. Todo conocimiento esotérico, por elevado que sea no es más que un marco de referencia que transmite un concepto particular de la Creación que pretende acercar al individuo a la percepción interior de la realidad. No ha de confundirse con la realidad misma, la cual es imperceptible por la mente conceptualizadora. Por el contrario, este tipo de percepción mental suele matar la realidad. Solamente cuando el Yo espiritual sale de su ilusión de individualidad y se funde con el Espíritu Universal puede captarse la realidad. Solo Dios puede ver a Dios al contemplarse en el espejo de la Creación. Este proceso de destetarse, de romper las pétreas cáscaras de la mente, es el verdadero camino del discipulado. Nadie que no se esfuerce, que no limpie su mente de vanas teorizaciones y de la ilusión del deseo, pisará siquiera el primer escalón del acceso al templo de la Sabiduría.

El caminante debe trabajar para ir más allá de su mente memorística, racional, teorizadora, hacia los dominios de la mente abstracta, donde fluyen las corrientes que conectan al Yo espiritual con la verdadera inteligencia. Ese fragmento del Yo real que conecta con los vehículos inferiores, y se autohipnotiza confundiéndose con ellos, debe despertar de su letargo y verse a sí mismo en toda su plenitud, rompiendo el techo de la caverna mental que lo encierra y cristaliza.



En este proceso de adiestramiento, cada etapa que se abandona, por haber sido convenientemente superada, sirve de piso a la siguiente, de lo cual se deduce que una mente bien estructurada, clara, profunda, creativa, libre de las cadenas emocionales, con un buen control de la imaginación y centrada en el fluir del presente, es necesaria para construir sobre ella los cimientos de la percepción espiritual que nos permitirá acercarnos a ese gran ser iluminado que es el Maestro interior, el Silencioso Vigilante.



Es por eso por lo que es menester estudiar, profundizar, analizar y hacer claridad respecto a la estructura energética humana,  su proceso de desarrollo o desenvolvimiento y su relación con el cosmos, para luego pasar por el proceso del destete intelectual necesario a la nueva etapa de contacto con el mundo del pensamiento abstracto. Un contacto prematuro, con una mente de débil estructura, hará que ésta colapse, al igual que lo hará un edificio construido sin cimiento alguno sobre una capa de arena o lo que es peor, en un lodazal.

Es importante revisar nuestro proceso de trabajo espiritual y ver si estamos realmente estudiando, investigando, esforzándonos, si tenemos algún tipo de práctica espiritual que arroje resultados o si simplemente estamos plácidamente conformes en el regazo de alguna madre-enseñanza o pegados al biberón de algún instructor, siendo ya tiempo del destete. La espiritualidad no se transmite por ósmosis ni por magnetismo de contacto simplemente. El avance espiritual verdadero que logra un desenvolvimiento real de todas las potencialidades latentes en la semilla del Yo espiritual es el resultado de un proceso, de un exhaustivo trabajo donde el ritmo, la regularidad, la persistencia, la vigilancia, la objetividad de la subjetividad, el movimiento y el esfuerzo son necesarios.

Desde este espacio invito a todos los aspirantes y probacionistas del mundo a contemplar la posibilidad del destete, previo agotamiento de sus propios trabajos, y si ya lo lograron a compartir la variedad del sólido alimento espiritual que han hallado, para contribuir en la noble tarea de  iluminar este planeta donde las amenazadoras tinieblas de la ignorancia y la maldad se ciernen peligrosamente.

Alipur Karim


*


viernes, 2 de noviembre de 2012

DISCIPULADO No. 8 EL DISCIPULADO Y LAS ATADURAS DEL EGO




DISCIPULADO No. 8

EL DISCIPULADO Y LAS ATADURAS DEL EGO







En el Sendero hacia el discipulado, el Yo Interno, también llamado Yo Superior, Triple Espíritu, Ego ,Habitante Interior, Ser Interior, Self, Jivatma, Atma-Budhi-Manas, el cual no es otra cosa que la proyección del Triple aspecto de la Mónada o Chispa de la Divina  Llama, esa maravillosa faceta deL Creador que se ha contraído en ciertos mundos de elevada vibración para desenvolver de sí misma la Omnipotencia, Omnisciencia y Omnipresencia Divinas, se esfuerza por disolver las poderosas fuerzas de cristalización propias del proceso creador, para permitirse a sí mismo la expansión gradual de la consciencia Infinita latente.

 El aspirante al discipulado, trabajando desde este centro, se esfuerza por correr los velos que permiten la irrupción de la luz cósmica, en diversos grados y etapas llamadas iniciaciones. Intenta con gran trabajo purificar sus vehículos de expresión: físico, etérico o vital, astral y mental inferior, también llamados en conjunto naturaleza inferior, cuaternario inferior o personalidad. Estas estructuras temporales son renovadas en cada encarnación conforme a patrones arquetípicos propios de cada ser evolucionante individualizado. Estos patrones son modelos de un gran conjunto de improntas grabadas desde anteriores encarnaciones en el llamado átomo simiente, un poderoso condensado de información que posee cada vehículo y que se despliega o desenvuelve gradualmente desde el nacimiento hasta alcanzar el mismo nivel de la vida anterior, durante los primeros cuarenta y nueve años de existencia.

 Durante la reconstrucción todas las improntas se convierten en poderosas fuerzas que moldean el cuerpo, la vitalidad, las emociones y el pensamiento y dejan ver tanto el desarrollo realizado como las falencias, que normalmente se traducen en defectos e impurezas de la personalidad que han tomado el comando de las estructuras y que en su conjunto constituyen el ego (con minúscula inicial para diferenciarlo del Ego, con mayúscula inicial, sinónimo este último del Yo Interno. Cuando el Yo superior inicia el trabajo de depuración, el ego reacciona fuertemente, con gran intensidad, intentando conservar el control del territorio. Este ego ha sembrado los vehículos de fuerzas que generan compulsiones, obsesiones, enfermedades, manías, fobias, sentimientos negativos, emociones destructivas, pensamientos condicionantes y toda suerte de energías que llevan al Yo Superior a obnubilarse y caer en la ilusión de ser este conjunto de cuerpos que buscan la autosatisfacción, encaminando al ser a vivir una vida en la que busca el placer para sí mismo sin la intención de compartir, lo cual se denomina egoísmo, la sombra poderosa del Ser Interior que lentamente teje el velo que oculta la luz cósmica.


 La decisión de entrar en el Sendero del Discipulado obedece a un llamado interno  propio del ser que se está hastiando de su propio egoísmo y en resonancia con el hecho de que tal vez un Maestro de la Jerarquía ha puesto sus ojos en el destello de luz que emana del aura del aspirante. Frente a este esfuerzo que genera pequeños despertares de claridad, como la aurora que precede al día, las fuerzas de la oscuridad actuando a través del vínculo directo con el ego del caminante, halan poderosamente, intentando desviarle de su cometido. Surgen entonces una multiplicidad de situaciones distractoras o de anclas poderosas que aprisionan al ser, tratando de impedir su avance. Algunos se refieren a estos eventos como pruebas que imponen los Maestros. No hay tal cosa ya que mal harían tan exaltados seres tratando de tentar al neófito, tarea que corresponde más bien a los ángeles del abismo. Es simplemente el resultado del movimiento de fuerzas encontradas en polaridad en el propio ser o dicho de manera más sencilla es su propia batalla entre el bien y el mal. El Karma acumulado pasa su cuenta de cobro para que el individuo se enfrente a sus propias falencias y desaciertos mediante su propia consciencia. Si se evade el proceso de comprensión consciente, los vínculos de relación se activarán de tal manera que el ser atraerá a su alrededor a aquellos que son su perfecto espejo de luz y sombra, situación que de hecho está contemplada en el plan inicial de encarnación ya que la decisión de entrar al discipulado está de seguro incorporada dentro del abanico de posibilidades del plan individual. Si aún así el aspirante evade la solución de los grandes conflictos que aparecerán y se activarán con fuerza en sus relaciones, simplemente caerá en la vía del dolor antes de ver realmente la luz del Maestro.

La entrada en el discipulado tiene un precio: el desarrollo de un plan de  rectificación de los patrones arquetípicos de los átomos simientes que generan la personalidad presente para llevarlos a resonar con el patrón arquetípico del plan de la creación. El desfase entre estos dos patrones constituye el karma. Si no se ha comenzado el proceso de rectificación no hay Iniciación, no hay Discipulado y no hay realmente un sendero hacia la luz. Toda distracción a este proceso de corrección es una poderosa artimaña del ego para no perder su terreno. Si el candidato no está alerta, surgirán a su alrededor muchos obstáculos frente a los cuales tomará las decisiones que más le convienen a la personalidad, mientras su Yo Interior obnubilado dormita. Surgirán tanto en su mente como en su alrededor ambiente otros atractivos intereses, otros aparentemente extraordinarios planes, otras personas que llamarán su atención y lo sacarán de  sus planes de estudio, de los grupos de trabajo, de sus momentos de introspección y de sus intereses trascendentales, perdiendo gradualmente la conexión con la fuerza del Maestro. El ego lo meterá en caminos donde irá en pos de reconocimiento o de un anteriormente soñado éxito.  Los apetitos, compulsiones, hábitos, deseos y sueños vanos crecerán como por encanto cerrándole el paso a sus nobles propósitos y si no está atento resbalará y caerá en senderos donde nuevamente será atrapado por el mundo, desconectándose del modo consciencia y pasando al modo ilusión. Para el ego será más importante un evento de fiesta, un partido de fútbol, un programa de televisión, una parranda o un momento de efímero placer que un espacio de meditación, un grupo de estudio o un momento para escuchar la voz interna o la enseñanza del Maestro. El ego es el maestro de las evasiones, las distracciones y las disculpas que apartan al aspirante del Sendero de la disciplina propia del Camino del Logro Interior.

De otra parte, ciertos karmas pendientes que el individuo espiritual ha decidido saldar por la vía de las relaciones se harán evidentes y probablemente cobrarán fuerza. El aspirante debe resolver cuanto antes esta situación, generando una solución armónica frente a toda situación conflictiva susceptible de ser resuelta por la vía del perdón, el diálogo y la reconciliación mutua, con propósito de cambio positivo o poner distancia ante lo que no puede resolverse o donde no hay mutuo acuerdo. Esto implica un acercamiento amoroso a ciertas situaciones y seres o un distanciamiento igualmente amoroso y sin conflicto, de otros. El permanecer en tensión generará energías que servirán de abono a todas las emociones, sentimientos y pensamientos negativos que trabajan a favor del ego. La tensión del conflicto de relación también abona la sombra del otro y se convierte en fuerza magnética negativa que roba la paz necesaria al proceso de desarrollo espiritual.


En la pertenencia a grupos del discipulado, guiados por un Maestro o discípulo aceptado, el ego suele desconocer el esfuerzo y el tiempo de los otros y el desbalance que se genera al estar entrando y saliendo de los círculos magnéticos positivos que generan la poderosa luz circundante que se produce como efecto sinérgico del trabajo asociativo. El avance de la oleada grupal genera una fuerza que eleva la vibración áurica de quienes trabajan mancomunadamente. El alejamiento y distracción hacen que el estudiante se retrase en nivel. Al regresar puede sentirse en disonancia o generar perturbaciones vibratorias.  En este sentido es importante desarrollar un alto grado de compromiso, sin que esto atente contra la libertad del individuo o lo lleve al incumplimiento de obligaciones reales contraídas a nivel familiar o social. Quien se retrasa y regresa debe adelantarse para entrar en la onda en el nivel más alto. Si no se hace así esto se parecería al caso de un músico que temporalmente deja lo orquesta en mitad de un concierto y vuelve al rato a tocar la partitura en el punto donde él iba, en lugar de adelantarse para acompasarse con toda la orquesta.

Sin duda alguna se preguntarán cómo puede suceder que los convocados por el Maestro puedan resultar atrapados por las ataduras del ego. Es necesario recordar aquí que el llamamiento es hecho con base en ese pequeño resplandor lumínico del aura del candidato propio del comienzo del despertar de la consciencia superior. El Maestro sin embargo es incapaz de traspasar el límite de auscultación y no entra en el campo de información del pupilo sin su autorización. El Maestro se enfoca de  hecho más en la luz que en la sombra  y brinda la oportunidad con este criterio. La disciplina a seguir y la actitud del estudiante determinarán la vía de aceptación definitiva al discipulado. Cabe recordar aquí las palabras de Cristo al respecto: muchos serán los llamados y pocos los escogidos.

Si de algún modo sientes el llamado al discipulado, recuerda que debes haber pasado primero la etapa de probación. No se trata aquí de pertenecer o no a alguna fraternidad en especial sino de haber vivenciado el proceso. Luego habrás sido guiado a algún grupo de trabajo especial liderado por un discípulo. Si has sido llamado directamente por el Maestro es porque en anteriores vidas ya transitaste las previas etapas o ya has entrado en el sendero de los discípulos aceptados. El número de personas encarnadas  y desencarnadas que han despertado la luz de la consciencia superior es de aproximadamente el 0.001% del total de seres individualizados, lo cual asciende a unas 600.000 personas en este planeta. De estos, hay unos 70.000 encarnados.  De estos, han sido aceptados como discípulos unos 10.000 encarnados y unos 50.000 desencarnados aproximadamente. Dentro de estos están por supuesto todos los Iniciados que pertenecen a la Jerarquía o Gran Hermandad Blanca, quienes conforman las Escuelas u Ordenes de Misterios a cuya cabeza están los Hermanos Mayores de la Humanidad, seres excelsos que trabajan bajo la directiva del Cristo.



Si eres uno de esos seres que han sido llamados recuerda que perteneces a esa pequeña minoría que va a la vanguardia de la evolución y que como tal debes dar ejemplo viviente, enarbolando a tu paso el estandarte de la bondad que caracteriza a los avanzados de la humanidad y que de hecho debes convertirte en uno de los grandes servidores del mundo, en uno cuya luz alumbra el camino de los que vienen atrás, sin vanagloria ni deseo de reconocimiento, sin esparcir sombras en el sendero, pues como dijo el Gran Maestro Cristo, quien desee ser el primero que sea el último y el servidor de todos.

Si te dejas obnubilar por tu propio ego caerás en sus trampas y ataduras y muy seguramente verás a los demás desfilar ante ti  y pasarte de largo en busca de más altas cimas, en tanto que serás puesto en la retaguardia y deberás esperar una nueva oportunidad en otra vida, después de que elimines la escoría que dejará en tu alma el karma acumulado.

Es importante que los candidatos estén vigilantes de su propia llama y no dejan que el viento impetuoso de la personalidad desbordada apague la candela que con tanto esfuerzo han logrado encender. Termino esta lección con las palabras del iluminado Alcione:
“Quien la palabra del Maestro anhele,
de sus mandatos póngase en escucha
y entre el fragor de la terrena lucha,
su escondida luz atento cele.”

Adelante amigos, arriba y hacia adelante siempre, siempre,

Alipur Karim


* * *


jueves, 13 de septiembre de 2012

DISCIPULADO No. 7 ROMPIENDO EL VELO MENTAL


DISCIPULADO No. 7

ROMPIENDO EL VELO MENTAL



Recordando nuestro trabajo mental en el discipulado, tres velos han de ser corridos para hacer contacto con niveles superiores de consciencia: el velo astral, el velo mental y el velo espiritual. Ya hemos visto cómo la ruptura del velo astral implica el ser conscientes de cómo el pensamiento es modificado por la emoción  y el sentimiento y está asociado a individuales recuerdos arquetípicos mentales y emocionales que están actuando automáticamente en nosotros desde el momento mismo en que fueron implantados. Estos individuales arquetipos emocionales actúan como improntas que condicionan nuestro actuar, hablar, sentir y pensar y nos llevan al desarrollo de hábitos cuyo poder trasciende a la muerte. Los llevamos encarnación tras encarnación. Cuando los hábitos son dañinos para otros o para sí mismo se convierten en verdaderas anclas que impiden el progreso evolutivo y el desarrollo de la consciencia.

Cuando nos hacemos totalmente conscientes del pensamiento condicionado por la emoción y tratamos de corregir nuestras tendencias mediante la voluntad que conduce a la recta acción, entramos primeramente en el mundo del sentimiento o emoción cósmicos originales arquetípicos y posteriormente comenzamos a entrar realmente en el mundo del pensamiento puro. Para hacerlo realmente es necesario descorrer el velo mental generado por el pensamiento crítico destructivo, cuya fuente son los juicios, tras de los cuales se halla el egocentrismo que constantemente busca encontrar fallas en otros para hacer que el ser egóico se sienta superior a los demás. Igualmente, los pensamientos asociados a la maldad, propia de la naturaleza inferior que busca su propia obtención de satisfacciones egoístas sin importar si esto genera daño colateral, forman una espesa cortina que impide la percepción del pensamiento arquetípico puro. El sentimiento cósmico puro que es la fuente que nutre al verdadero místico y el pensamiento abstracto puro que es la fuente que nutre al verdadero meditador contemplativo constituyen verdaderamente dos grandes poderes del alma.  Estos dos no pueden ser percibidos en tanto no se purifiquen el pensamiento ordinario, el habla y la acción.

Purificar significa literalmente eliminar impurezas y aquí se refiere a las pesadas cargas de las emociones negativas, los pensamientos destructivos o distorsionados, los malos hábitos mentales y las acciones de maldad. Todo esto constituye un pesado fardo que hunde al ser en los niveles más densos de cada mundo y lo acercan más hacia la animalidad, en el sentido en el que solo buscará la satisfacción de emociones y fuerzas instintivas que le permiten la supervivencia. Aliviar la carga permite elevarse a los niveles superiores de cada mundo y contactar con la fuerza espiritual de alta vibración que por allí fluye y la cual a su vez constituye un escudo poderoso contra las vibraciones negativas de las impurezas.

El pensamiento se proyecta al habla y ésta a las acciones. Un hombre puede ocultar la naturaleza de sus pensamientos pero no la de sus palabras ni la de sus acciones. Estas dos cualidades del ser nos sirven para evaluar la calidad del pensamiento ordinario y el tamaño y fuerza del ego. Romper el velo mental implica abandonar por completo ese pensamiento ordinario, lo cual implica abandonar totalmente las vanas palabras y darle a éstas el verdadero sentido de su poder. Igualmente implica alejarse de las vanas y perversas acciones. Esto implica la liberación total del condicionamiento mental.

Un caminante del sendero puede lograr con eficiente persistencia la ruptura del velo mental. Para ello es fundamental que vigile el mecanismo del pensar. Se trata de pensar acerca del proceso mismo de su pensamiento. Es necesario darse cuenta de que el pensamiento ordinario divaga, saltando de una idea a otra, de una imagen a otra, siguiendo descontroladamente el mecanismo automático de asociación, como una mariposa que vuela de flor en flor. En este proceso recorre los archivos mentales de memoria, efectuando constantemente un proceso comparativo entre lo que percibe y lo que está guardado en los depósitos de la mente, allí donde está justamente todo el condicionamiento que es preciso dejar separado en el proceso del pensar. Igualmente, la mariposa mental va del pasado al futuro centrándose ordinariamente en lo que vivió, dándole especial y fuerte valor a la experiencia personal como si fuera la fuente de máxima sabiduría y no teniendo en cuenta que cada ser humano vive la experiencia desde su propia distorsión de la realidad. Y si no ha superado totalmente la conexión entre pensamiento y deseo, el cual es la más poderosa garra del ego, la mente volará al futuro, soñando despierta con la satisfacción de sus anhelos. El pensamiento ordinario se mueve constantemente en una línea del tiempo, hacia adelante y hacia atrás y rara vez se centra en el presente.




Es necesario, para entrar en el reino del pensamiento puro, enfocar la mente en el aquí y ahora, todo el tiempo, sin distracciones. Prueba de ello será que en las conversaciones, consigo mismo o con otros, la palabra se referirá al presente y evitará volar, a través de descontrolados mecanismos, hacia historias paralelas, hacia comentarios personales, a veces jocosos, que no vienen al caso, para resaltar la experiencia o el conocimiento de la experiencia de otros, todo lo cual no es más que un excelente truco del ego para mostrarse docto  o llamar la atención y en el peor de los casos para sabotear al interlocutor tratando de ganar protagonismo.. Este juego de la mente en el tiempo o secuencialidad remite constantemente al pensador a mecanismos racionales y le distancia por completo de la mente intuitiva, del mundo del pensamiento abstracto puro.

Romper el velo del pensamiento es impedir la interferencia del yo en el proceso y terminar con la divagación mental y la fluctuación. Es terminar también con la recurrencia a abrir archivos de memoria. El pensamiento puro no es el resultado de la memoria. Reducir el proceso mental a recordar es un completo desperdicio de energía y poder.

Cuando se logra entrar en el estado del pensamiento libre de emoción y sentimiento, la mente adquiere fuerza y poder telepático. Cuando se entra en el mundo del pensamiento  abstracto puro, se conecta con un mundo extraordinario de luz interior que le permite a la mente obrar sobre la realidad. El pensamiento puro reviste a la totalidad de la mente y la palabra corregida toma el lugar del pensamiento mariposa, lo cual conduce a acciones coherentes con el mundo interior. Si todas estas vestimentas del ser, a saber, acciones, palabras y pensamientos, son rectificados, las superiores cualidades del sentimiento cósmico y el intelecto arquetípico puro que conecta con la luz interior, pueden entonces ser manifestadas para iluminar no solo al ser que se purifica sino a todo lo que está a su alrededor, con un poder real y efectivo. Las inconsistencias e incoherencias en el pensar, sentir, hablar y actuar, solo mostrarán un proceso mental contaminado, propio de seres donde el ego gobierna,  que no ejerce un poder de transformación real ni tiene ningún poder consciente sobre la realidad. El único poder de una mente mariposa que lleva a un hablar vacilante y cambiante, a hablar por hablar, por llenar espacio de conversación y a un actuar desordenado, es el poder de atraer automáticamente el karma, que no es otra cosa que el desorden que el ser mismo ha generado.


Si bien la meditación es un excelente ejercicio para la observación de nuestro mecanismo del pensar y para el desapasionamiento de la mente, rompiendo la conexión entre pensamiento y emoción o sentimiento,  la actitud contemplativa, el observar simplemente lo que es sin que la memoria o la definición limitante intervengan, sin que la mente reaccione para estar o no de acuerdo con la realidad, es un ejercicio elevado que aquietará a la mente mariposa y la desconectará del vaivén temporal, es decir de ese ir y venir hacia el pasado y el futuro que nos alejan de la magia del eterno presente.

Si deseamos alcanzar la paz permanente, lo cual es el estado de perfecta dicha o felicidad, en ausencia de cualquier forma de sufrimiento, es necesario elevarnos al mundo del intelecto puro, lejos de toda forma primitiva u ordinaria de pensar. Hay que estar atentos, en estado de alerta permanente, en paz, para alejarnos de cualquier conexión del pensamiento con la emoción, con el pasado, con nuestra historia personal que no es otra que la historia del ego. También es necesario aclarar constantemente la mente en relación con lo que ocurrirá. Hay que apartar la mente de ello y esperar pacientemente y con sosiego la realización del único plan que existe que es el Plan del Creador. Si el pensamiento lleva a la ensoñación despierta movido automáticamente por los deseos del yo, hay que frenar este desperdicio de energía. Solo si se alcanza una plena fusión con el Creador se puede tener certeza del futuro; mientras tanto solo damos lugar a vanas especulaciones de la mente.

Constantemente debe el aspirante al despertar de la consciencia superior traer a su mente al presente, al aquí y ahora y aplicar su voluntad a la corrección de los vicios del  pensamiento, teniendo la claridad de que recordar no es vivir sino simplemente repetir una y otra vez la historia egoica del ilusorio yo y soñar con el futuro no es más que recrear el guión de una nueva novela en la que el yo cambia la escenografía y tal vez el personaje pero en el fondo sigue siendo el mismo actor. Estas dos cosas nos atrapan en la ilusión de la eternidad de esta personalidad, es decir en la trampa del yo, del ego.


El aspirante neófito puede sentirse aterrorizado cuando intenta permanecer en el presente pues si no recuerda su historiografía personal y no cede a la dulce ensoñación del mañana sentirá de repente que hay un gran vacío en el que seguramente puede dejar de existir. Hay que desterrar este temor ya que lo único que ocurrirá es que se comenzará a vivir realmente, lejos de la ilusión sensorial y del falso mundo creado por la mente que vive en el nivel del pensamiento ordinario. En ese vacío surgirá la luz de la sabiduría y se precipitará a la mente un verdadero raudal de conocimiento cósmico, pues la mente dejará de ser una vasija oscura y caótica para convertirse en una mente iluminada cuando el yo se diluya y se funda con el vasto océano Divino al igual que un río que ha llegado al mar.  Todo el karma acumulado cesará en ese preciso instante. Todo sufrimiento habrá dejado de ser en esa mente libre que ha roto el segundo velo.

Alipur Karim  



*

jueves, 26 de julio de 2012

6a. LA EXPRESION AFECTIVA





6a. LA EXPRESION AFECTIVA


Toda entidad humana maneja una serie de energías, y una de ellas, la emocional, se convierte en una fuerza importante para examinar, debido a que impulsa fuertemente a los hombres a relacionarse bien o mal con sus semejantes. Cada vez que un individuo recibe una impresión, ya sea interna o externa, en respuesta se produce un movimiento emocional interno que toma una forma y un color característicos, los cuales se observan en el Mundo de las Emociones. Lo anterior se conoce como emoción o sentimiento. Sin embargo, el hombre tiene una gran necesidad de expresar esas emociones, de derramarlas sobre cualquier cosa o persona; esto se conoce con el nombre de afecto. Estos últimos se dividen en afectos de atracción o de repulsión. Entre los primeros tenemos toda la gama del amor, la simpatía, la amistad, la benevolencia, la devoción, la admiración, etc. y, en la categoría de los afectos por repulsión, todas las variantes del odio, la antipatía, la enemistad, la malevolencia, el antagonismo, etc.

Si buscamos la causa más profunda que impulsa al hombre a expresar sus afectos, quizás podamos dar una respuesta que satisfaga nuestra inquieta mente. En nuestro pasado evolutivo nos diferenciamos dentro del Creador, por la contracción de su Voluntad, en entidades  aparentemente individuales, en Chispas de la Llama Divina. Esa individualización creó un gran vacío espiritual en el hombre, pues éste se sintió separado de aquello que lo sostenía. No obstante, esa idea es únicamente una ilusión, ya que nunca hemos salido de Dios y en él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. La idea de separatividad causa en el hombre una gran necesidad de expresar y de recibir el afecto, con el fin de encontrar la parte perdida, la cual no es otra cosa que la unión total con la Fuente Original.

 Cada vez que nacemos recapitulamos etapas anteriores de evolución, bien sea en el seno de nuestra madre física o en el de la madre tierra, en las cuales incubamos los vehículos que nos conforman actualmente. Cuando estamos en el vientre de nuestra madre, tenemos sentido de unidad, ya que recreamos esa etapa de la historia en la cual la humanidad estaba inmersa en el seno de la Divinidad y no tenía ninguna sensación de pérdida. En el momento en que nacemos y en los primeros meses de vida, aún estamos en contacto muy cercano con nuestra madre; ella no se separa de nosotros para nada. Durante ese tiempo seguimos con esa sensación de unidad y todas las cosas parecen como una continuación de nosotros mismos. Para un bebé no hay algo fuera ni dentro de él; por el contrario, ese algo que le rodea es parte de sí mismo. Con el paso del tiempo el niño va estableciendo una consciencia de individualidad. Cuando diariamente se le dice “¡no toques eso!, ¡cuidado con las cosas de la mesa! o “no toques a fulano” etc., se va inculcando en su memoria que hay algo que está fuera de él, y en la medida en que la madre le da  mayor independencia, irá ahondando en la creencia de separatividad con todo lo que le rodea. Es precisamente esa creencia lo que ha originado en el inconsciente humano, a través de las edades, una herencia de vacío afectivo o una sensación de ser criaturas carentes de amor. Y el remedio a esas dos erróneas sensaciones se pretende encontrar en la expresión de los afectos.

Debido a lo anterior, el hombre interactúa con los demás, y el juego constante que establece en el dar o recibir, le va mostrando las graduaciones de sus emociones y si es el caso su nivel de evolución. Examina, por ejemplo, los sentimientos internos generados en respuesta a impresiones de lo que está fuera de él; también percibe las simpatías o antipatías que despierta en los demás, el grado de percepción de los sentimientos de otros y su nivel de sensibilidad. Si balancea las simpatías o antipatías que despierta en sus relaciones, quizá puede medir su grado de evolución; si es bajo, las criaturas que lo rodean le producirán generalmente aversión. Si por el contrario está en las filas de los pioneros de la humanidad, los demás seres despertarán constantemente en él una gran simpatía. De igual forma ve que la expresión de sus afectos no siempre es una comunicación honesta, sincera, clara y transparente; no es fácil. En los primeros intentos de acercamiento, la fuerza que se expresa no es la del Espíritu de cada hombre, sino la de sus energías constitutivas, las cuales están en continua fricción. De hecho, cada individuo experimenta una división entre lo que es su Espíritu y lo que son sus pensamientos, sus emociones y sus fuerzas vitales, de tal forma que no siempre lo que el Espíritu siente es lo que se expresa. En el común de los mortales, lo que se irradia es únicamente la fuerza emocional vivida y ésta es una energía que apenas está aprendiendo a manejar el género humano. Unido a lo anterior, la convicción de que estamos separados del resto del mundo altera aún más la expresión del afecto, y esto influye notoriamente en nuestros contactos espirituales, los cuales se limitan sólo a los obtenidos a través de las emociones, los pensamientos o las fuerzas físicas.

Otro factor que impide una expresión correcta del afecto es la memoria. Nosotros actuamos de manera automática motivados por el archivo de imágenes o de emociones, y nuestras reacciones se modifican o colorean por ellas. En el momento en que vivimos una situación determinada inmediatamente recurrimos al archivo del inconsciente y, por asociación, tendemos a reaccionar con el mismo sentimiento con que lo hicimos en una experiencia similar del pasado. Los afectos no escapan a ese proceso automático e inconsciente, y es así que, cuando una persona ha tenido experiencias desagradables muy fuertes con alguien en especial y éstas no han sido procesadas convenientemente, ante el encuentro de la misma clase de individuos, se despiertan quizás sentimientos de antipatía. Si la relación inicial fue de afinidad, la cercanía de individuos parecidos hará que se actúe igualmente de manera simpática. 

Nuestras expresiones de afecto pueden verse afectadas por exceso, por defecto o por tergiversación o enmascaramiento. El exceso se da cuando el individuo, ante el gran vacío afectivo o la imperiosa necesidad de ser amado, trata de buscar una manera de comunicarse excesivamente con aquellos que él desea que le quieran, bien sea una mascota, una familia, una persona del sexo opuesto, la naturaleza, su nación, su gobierno, Dios o la vida misma. Esta clase de personas suelen extralimitarse en el contacto físico y pueden recibir la aprobación o el rechazo de aquel con quien interactúa. Si el otro individuo ha tenido experiencias benéficas en el contacto, será muy bien recibido; si por el contrario sus acercamientos físicos han sido traumáticos, la respuesta será de rechazo, especialmente cuando sienta que están invadiendo su propio espacio.

Una persona con un gran vacío afectivo se apega muy fácilmente a los seres que le rodean, siendo ésta otra señal que caracteriza los afectos por exceso. Generalmente el individuo expresa contantemente su amor hacia los demás sólo con la intención de llenar el vacío interior. Cuando los individuos están presentes y le proporcionan lo que él necesita, se siente pleno y feliz; pero cuando ellos faltan, experimenta nuevamente su vacío interior y esto lo lleva a buscar su cercanía nuevamente. Así continúa su vida; contactos que van y vienen, los cuales lo conducen a un círculo vicioso que le ocasiona dependencia, origen de mucho dolor y sufrimiento.

Podemos concluir entonces que el apego tiene como raíz final un vacío afectivo, que hace que el individuo se acostumbre a una corriente de ir y venir de los afectos, la cual se convierte en una necesidad. Lo anterior también conduce a los individuos a tener predilecciones en la expresión de los afectos. Cuando sólo se ama a los que ofrecen estabilidad, los demás pasan a ser individuos con los cuales no se debe interactuar, pues de ellos no se recibe beneficio alguno. Así toman importancia extrema la familia, los parientes, y aquellos que dan lo que se necesita: comida, sexo, dinero, amor, expresiones afectivas, etc.   

Pero existen otras formas, aparentemente muy buenas, enmarcadas también en afectos por exceso. Por ejemplo, si alguien busca un acercamiento con Dios, excluyendo a una pareja o a la familia, y tiene una gran necesidad afectiva que no se ha sabido asimilar convenientemente, puede habituarse a una comunicación frecuente con Dios, con la única intención de recibir aquello que tanto necesita. Así, cae en una mística desbordada que lo conduce al fanatismo, o a la intolerancia por otras formas de religiosidad. Muchos seres con fuertes vacíos afectivos enrolan las filas de grupos religiosos, dirigidos por seres oportunistas y explotadores que se lucran fácilmente con esos mendigos de amor. El exceso de afecto, por otro lado, puede llevar al soberbio a buscar el reconocimiento como una forma de ser querido. Esta clase de individuos pretenden desarrollar una habilidad que momentánea y aparentemente los ponga en un nivel superior a los demás, y así, al ser admirados, también se sienten queridos. No siempre una persona notoria surge debido a un verdadero deseo de crecimiento, sino impulsado por una gran necesidad afectiva. El constante beneplácito de los demás únicamente ensalza el ego o sea los vehículos que permiten la expresión del Espíritu, de tal suerte que el vacío afectivo del soberbio nunca se llena y el individuo seguirá buscando mayor reconocimiento. Toda su vida se convierte en un reto para subir escalones más altos que los demás, no importa el precio que él o los demás tengan que pagar: hipocresía, ostentación, vanidad, menosprecio por otros, dictadura, etc. Otra forma de afecto por exceso puede llevar a la persona a la lujuria, que es la obtención de placer a través de los sentidos. En el caso de los afectos, toma importancia la voz, la mirada y el contacto físico, especialmente en el plano sexual. Con frecuencia en la calle se ve a muchas personas mirando a otros lujuriosamente, motivados únicamente por un vacío afectivo que se quiere satisfacer. A estos individuos por lo general se les juzga como personas desagradables cuando en realidad están sedientos de la energía del amor.

La expresión de los afectos por defecto es debida a los bloqueos internos, los cuales se originaron probablemente por situaciones no procesadas, por rechazos o por antipatías ocurridas en el pasado. Ante situaciones similares y para evitar nuevamente la sensación de rechazo o la frustración, se inhibe la expresión del amor. Puede ser el caso de niños maltratados físicamente por sus padres o educadores, o niños nacidos en hogares con padres poco expresivos y con temor al contacto físico, o individuos violados en su intimidad, etc. Hay por doquier seres humanos indiferentes a las caricias, otros incluso sienten dolor al contacto físico y a veces se tornan agresivos. En ocasiones a estas personas se les mira mal, se piensa de ellas que son frías, odiosas o calculadoras, siendo en verdad individuos con mecanismos de protección, que usan para no revivir experiencias traumáticas del pasado y que, como escudos metálicos, impiden la expresión adecuada de los afectos.

La tergiversación ocurre cuando el inconsciente, al darse cuenta de nuestra necesidad afectiva y la de los demás, utiliza el arte de la manipulación de los afectos, para saciar los deseos de algo o para recibir amor. El niño es el mejor exponente de este mecanismo. Cuando él ansía algo ardientemente y su madre se opone, entonces la enoja con aquello que la irrita y así llama su atención. La madre, al querer calmarlo, generalmente cede a sus caprichos, proporcionándole aquello que exigió. La melosería puede ser otra forma de manipulación: si me das lo que quiero te regalo un abrazo o un beso. Los adultos no escapan a estos dos tipos de manipulación; incluso algunos caen a merced de la voluntad de otro, con la intención de recibir el amor que aparentemente los llena. Muchos individuos acceden a prácticas extrañas en sus relaciones sentimentales o sexuales, con el fin de tener a su lado a quien ellas creen les proporcionan amor, así sea por breves instantes de tiempo.

Lo cierto es que esta mecánica de los afectos, no nos permite ser auténticos en la expresión del amor. Si fuésemos genuinos, únicamente el amor que surge del Espíritu fluiría en cada momento de la vida, no sólo en el sentir, en el mirar, en el tocar, sino también en toda forma de lenguaje y de contacto con los demás. Esto sería extraordinario; no habría vacíos afectivos en los individuos ni exceso de expresión en los afectos; tampoco existiría defecto en la expresión del amor, porque el archivo de experiencias desagradables de la memoria no manejaría nuestras vidas ni mucho menos coartaría nuestra libre expresión. Ahora bien, si rompemos con la errónea ilusión de separatividad y nos sentimos parte de la Energía Una, de la naturaleza, de la tierra, de la humanidad y de otros seres vivos, entonces nuestro afecto será auténticamente la fuerza del amor que fluye desde la Divinidad, y por siempre estaremos colmados de dicha y de paz, pasando de ser receptores a dadores del amor universal.

Cada individuo debe mirar cómo expresa sus afectos y esta tarea es relativamente fácil. ¿Qué sensación experimentamos cuando despertamos simpatía o antipatía de los demás? ¿Qué sentimos cuando alguien nos toca? ¿Cómo recibimos la expresión de los afectos cuando hay contactos con los familiares, con los amigos, con los compañeros de trabajo, con personas del mismo sexo, etc.? Examinemos si el contacto que hacemos con los demás es verdadero o sólo busca llamar la atención. El contacto físico puede evocar en el cuerpo sensaciones diversas como temor, rechazo, y a través de ellas podemos descubrir si la capacidad de dar o recibir los afectos se encuentra condicionada por la experiencia. Si hacemos un balance de ese tipo de sensaciones podemos revivir el archivo que existe en la memoria.

Todo lo anterior vale también para nuestra expresión visual o lingüística. La palabra nunca sale vacía ya que esconde tras de sí una emoción asociada. Es bueno aprender a descifrar el tono y el timbre con el fin de descifrar si la palabra lleva odio, amor, resentimiento o cualquier otra emoción. La auto observación es la herramienta que tenemos siempre a mano para ver nuestro interior afectivo y determinar si existen oscilaciones entre el defecto o el exceso y/o el enmascaramiento; así logramos medir el nivel de fluctuación y romper las formas negativas de comunicación amorosa. En ese trabajo de observación diaria no debe existir juicio, análisis ni ninguna búsqueda de explicaciones; simplemente debemos estudiar las expresiones afectivas, aceptarlas y luego trabajar conscientemente sobre ellas, para expresar o recibir correctamente los afectos. De igual forma, debemos romper con la ilusión de separatividad, rescatar la idea de la unidad y permitir la expresión del ser espiritual que mora en nuestro interior. 

 El Espíritu no tiene forma, dimensión ni límites y constantemente podemos sentir las emociones, los pensamientos, o las fuerzas vitales de otros. El Espíritu está por encima de todo y puede romper las barreras de espacio, tiempo y separatividad. Esa realidad, que despierta con el contacto espiritual verdadero, permite ver que todos los seres están dentro de Dios y a su vez eliminar la necesidad de ser queridos. Es así como la expresión afectiva se vuelve completamente desinteresada, libre de exigencias, condicionamientos, bloqueos o inhibiciones. Sólo así encontraremos por fin aquello que ha buscado la humanidad por miles de años: paz interna y externa. 

Los afectos miden nuestro fluir de la energía del amor; la manera como expresamos el afecto es una medida perfecta de cómo nuestro amor fluye hacía la vida misma. Si hay bloqueos y temores para expresar el amor a los demás, ese mismo cerco lo tenemos hacia Dios, porque nuestros semejantes, no son otra cosa que la manifestación de la divinidad. Si las experiencias desagradables con otros nos producen conflictos o distanciamientos, esas separaciones nos indican también conflictos con Dios. Sólo uno como individuo es el causante de esa separación y no tiene su origen en las demás personas. Uno es el sembrador que en el pasado plantó la semilla del conflicto. Para unirnos con la Fuente Original debemos eliminar de nuestra vida las malezas que nos impulsan poderosamente a fricciones con los demás, especialmente con los allegados. Eso se logra con una auto observación diaria. Si así lo hacemos, cuando nos preguntemos acerca de la calidad de nuestros afectos, podremos contestar correctamente si existen bloqueos en ellos o si utilizamos el arte de la manipulación o las otras formas de expresión negativa de los afectos.

De igual manera, debemos hacernos conscientes de que los demás también tienen sus bloqueos en la expresión, pues ellos tampoco se han visto libres de experiencias adversas que los llevan a actuar de determinada manera. Todo aquel que odia es porque ha amado mucho y seguramente no encontró la reciprocidad esperada. El resentido es probablemente una víctima de maltratos pasados. Si logramos la comprensión de que aquel que tiene un bloqueo en la expresión de los afectos, sólo tiene en su interior el dolor, trataremos de ser más tolerantes y comprensivos. Cada vez que entremos en relación con alguien, miremos ante todo nuestra actitud, ya que a través de la interacción descubriremos el lado oculto que no vemos en soledad. La vida misma se encarga de mostrarnos lo que no queremos admitir de nosotros y en los allegados está la clave para saber cómo somos interiormente, pues ellos sólo reflejan ese lado oscuro que no aceptamos. La ley de afinidad que opera en el Universo nos pone en relación directa con aquellos seres que son como nosotros, y ellos deben ser considerados, no para manipularlos, criticarlos o juzgarlos, sino para conocernos interiormente. Los otros tienen algo que nos pertenece y nuestra responsabilidad es descubrirlo.

Cuando hayamos alcanzado el contacto real y verdadero con nuestra fuente divina, el amor no será más una fuerza encadenada y fluirá espontáneamente a todos los seres por igual, sin importar las barreras del sexo, de la nacionalidad, o de la creencias. Todas esas expresiones de exclusividad como el creer que procedemos de familias distinguidas o que tenemos unos hijos especiales a los que debemos amar por encima de los hijos de otros, finalmente dejarán lugar a la idea de unidad con todas las cosas; el amor individual será ilimitado y pasará a cobijar a todos los seres vivos. Si en algún momento de la vida un individuo de estas características se ve separado de sus familiares, no buscará a otros para conquistar nuevamente el afecto, sino por el contrario, será el amor mismo, y éste fluirá de adentro hacia afuera espontáneamente cobijando a todo ser viviente. El amor dejará de ser externo y todos los gestos lo reflejarán: la palabra se volverá armoniosa, la mirada será diáfana, el contacto será real y esas expresiones llegarán directamente a todos los corazones, despertando el amor que yace en el interior de los demás.

José Vicente Ortiz (A.K.)



http://josevicenteortizzarate.blogspot.com.ar/2012/07/6a.html

*

DISCIPULADO No. 6 De vínculos, amores y apegos


 
DISCIPULADO No. 6
De vínculos, amores  y apegos

En este mundo que alumbramos a expensas de las percepciones sensoriales que transformamos en imágenes, ideas, formas y conceptos,  hacemos distinciones entre lo que llamamos seres y los dividimos en cosas,  los seres que llamamos vivos  y las ideas. Vivimos nuestras experiencias rodeados de todos ellos. La repetición de éstas y la cercanía nos llevan a crear vínculos o relaciones fuertes con todo lo que está a nuestro alrededor, enfocando en ellos nuestras  fuerzas vitales, emociones y sentimientos y también nuestras ideas. Vamos creando necesidades corporales, vitales, emocionales, afectivas, mentales y espirituales y buscamos de una u otra forma la satisfacción de esas necesidades y de quienes las satisfacen. Esto crea indudablemente fuertes vínculos que nos conducen al doloroso valle de los amores y odios y posteriormente al purgatorio de los apegos.

Cuando sentimos una gran necesidad de algo o de alguien  y manifestamos nuestros afectos hacia el objeto o ser, decimos que lo amamos. Solemos crear fuertes vínculos de dependencia con lo que amamos y nos sentimos frustrados, decepcionados o abandonados si por cualquier motivo nos son arrancados de nuestro lado esas cosas o seres queridos, o a veces solemos odiarlos si en algún momento dejan de responder a nuestras exigencias o rechazan lo que les ofrecemos. Pero luego, sobreviene la inevitable muerte, que nos lleva de regreso al mundo espiritual, mediante la disolución gradual de nuestra materia, vitalidad, emociones y pensamientos.  Después de un arduo trabajo y estancia en los mundos sutiles planeamos una nueva encarnación y regresamos a nuestro querido planeta tierra. En cada nuevo aterrizaje olvidamos por completo las personalidades de los seres a los que nos apegamos en las vidas anteriores. Quizás si somos algo sensibles podamos inconscientemente percibir a nuestros viejos conocidos y sintamos atracciones y repulsiones que nuestra  nueva mente no logra explicar . Pero los recuerdos conscientes acerca de hechos, personas, seres o cosas concretas desaparecen por completo como si hubiéramos sido atacados por una especie de Alzheimer espiritual .

 Nuestro sabio espíritu sabe que es inútil aferrarse a las formas y personalidades porque mientras permanezcamos en el nivel de consciencia que nos atrapa en el mundo de la secuencialidad, todo lo que vemos a nuestro alrededor tiene  los días contados ya que las leyes que rigen este sistema son las de la mutación  y la temporalidad, es decir que absolutamente todo lo que diferenciamos sensorialmente está sujeto al cambio y a la destrucción o muerte.

No obstante, la ilusión de la eternidad permanece latente en nosotros , alimentando nuestros apegos, y es la que nos hace aferrarnos a las formas externas. No quisiéramos que aquello que decimos amar desapareciera de nuestras vidas y ponemos en ellos con intensidad nuestros sentimientos. Cuando aparece el más leve indicio de un distanciamiento o de un cambio, nos afectamos fuertemente y tratamos desesperadamente de impedir por todos los medios que eso suceda. Solemos convertirnos en seres manipuladores o controladores o nos hacemos víctimas y dejamos que el sufrimiento ensombrezca nuestras vidas. Siempre estamos tratando de acumular, construir, sostener, estabilizar y retener lo que amamos porque hemos puesto en ello nuestra seguridad, olvidando por completo la impermanencia de lo creado. Gastamos gran parte de la energía tratando de hacer esto. Soñamos con ideales condiciones para nuestro futuro y el de nuestros seres queridos y tratamos de lograr esas condiciones con la mayor anticipación, pero suelen sorprendernos la enfermedad, la incapacidad, la pérdida y la muerte como fantasmas que nos acechan e impiden la realización de nuestros deseos. Nos enfocamos en lo externo porque nos desenfocamos de lo trascendental y olvidamos que en realidad somos la expresión del Espíritu Universal viviendo una experiencia humana transitoria.

El caminante consciente del Sendero ha de vivir su vida con plenitud, disfrutando por completo de la dicha del momento presente y ha de recordar que todo lo que está sucediendo a su alrededor junto con los seres que le acompañan constituyen lo más grandioso que la Madre Cósmica se le ha ocurrido como el mejor recurso para el despertar de la consciencia. Ninguna cosa, hecho, conocimiento o ser están ahí por azar, pero igualmente ninguno estará ahí por la eternidad. Todo mutará al igual que nosotros y se irá de nuestras vidas para siempre.

Si al pensar en esto sentimos dolor es porque en realidad no amamos aquello que deseamos tener para siempre, desconociendo su esencia real, que es en realidad la invisible vida que anima lo que los sentidos perciben.

El amor del Caminante del Sendero ha de ser sin apegos , comprendiendo el fluir de la vida en la secuencialidad, con libertad absoluta, sabiendo partir y dejar partir cada cosa, cada ser, cada emoción, cada pensamiento e idea, cada momento de nuestras vidas y destilando en todo instante la esencia de la experiencia vivida, la cual es en realidad la llave mágica del baúl de los secretos de la expansión de la consciencia. Solamente gratitud a la Divina Consciencia Universal ha de ser la sensación que se experimente frente a la eventual partida de cualquier cosa, idea o ser que amamos, pues es esta actitud una muestra clara de nuestra comprensión acerca de la naturaleza real de la creación. En realidad, más allá de la ilusión de los sentidos, todo lo que amamos, en esencia, ha estado siempre ahí y lo estará para siempre pues en verdad somos la Totalidad, la Infinitud y la Eternidad, más allá del tiempo y del espacio.

El Caminante espiritual ha de sobreponerse a sus antipatías, aprendiendo a dejar pasar lo que no le llama la atención pero sin censurar, rechazar o calificar, en una perfecta neutralidad ( el llamado Punto Cero), para evitar el desplazamiento de su energía hacia los polos opuestos del amor y el odio, ya que esta actitud lo mantendrá anclado en la secuencialidad y la separatividad, atrapado en la trampa del tiempo y del espacio por largas edades. Todo apego o antipatía constituyen una dura costra pétrea que impide la expansión de la consciencia y todo esfuerzo por soltar, dejar ser, dejar vivir, dejar partir en su libre ruta de mutación a las cosas, los seres, las personas y las ideas equivale al ablandamiento del tegumento de la semilla del árbol infinito que permite que el brote creciente avance en búsqueda de luz, más allá del reino de la oscuridad. Cada esfuerzo por comprender que lo tenemos todo, en esencia, y a la vez no somos dueños de nada, en la ilusión de lo externo, equivale a taladrar la dura roca de la caverna que encierra al ser Infinito, hasta logar perforarla para que la oscuridad sea vencida por la luz, esa Luz Infinita que siempre ha estado ahí, esa Luz sin tiempo y sin medida. 

Queridos amigos y caminantes, arriba y hacia adelante siempre, siempre. En su última aparición, el Maestro vino para recordarme que no estamos solos en ningún momento y que estará ahí apoyando nuestra labor. Hago extensiva su fuerza a todos los sinceros buscadores. Confíen siempre en la fuerza divina latente en su interior y en la provisión infinita de la Divina Providencia, esa todopoderosa Madre Cósmica que nos brinda sin límites todo lo que considera necesario y mejor para nuestro desarrollo. Sigamos trabajando persistentemente y busquemos romper la ritmicidad de la ola que nos lleva de la consciencia del mundo a la consciencia espiritual de nuestra realidad trascendental y visceversa, a tal punto que nos hagamos cada vez más conscientes de nuestro real propósito en esta encarnación y en esta creación.

Alipur Karim   


*